Segura de León


Quedan 24 días para las Capeas 2017

Pregón Capeas 2004


Dña. Ana María Ruiz MonteroDña. Ana María Ruiz Montero

Vaquera Mayor, Zagalas, autoridades, segureños y amigos todos.

Esta mágica noche, perfumada por el aroma a madera y arena, supone el final de nuestro peregrinar por el calendario en pos de una única fecha; la que da paso a las fiestas que mejor reflejan nuestra personalidad, cultura y devoción: Las Capeas.

La estampa que ahora contemplamos se repite año tras año.

Nuestra plaza de siempre, con nuestra gente de siempre e incluso con esa sensación, también de siempre pero no por ello de una menor intensidad.

Probablemente, cada uno de nosotros padece ya el nerviosismo propio de las horas anteriores a la primera entrada y contempla fascinado el traje de gala que nuestro pueblo luce durante estos ansiados siete días.

Cautivados por el simbolismo que para todos posee la Tranca, nos decidimos a iniciar nuestra mejor singladura hacia el horizonte de esta tradición que, un septiembre más, se presenta cargada de emociones.

En esta ocasión, me ha correspondido realizar aquello que tantas veces le vi hacer a otros, lo que quiero agradecer profundamente a quienes pensaron en mí. También a ti, Domingo, quisiera mostrar mi gratitud por las palabras que me has dedicado.

Resulta un honor poder pronunciar nuestro pregón, y más cuando habrá quien me considere "forastera".

Es cierto, yo no he nacido aquí, ni he vivido aquí; pero por favor, que nadie me diga que no soy segureña. Como tantos hijos de emigrantes, he vivido en la lejanía esa nostalgia por la tierra y he desarrollado un amor tan especial por Segura que ésta juega un importante papel en mis vivencias. ¡Me siento orgullosa de ser de este pueblo!.

Y como buena hija de estas calles y plaza, del sentir y disfrutar de nuestra gente, soy partícipe de ese entusiasmo desbordado por nuestras fiestas, de ese amor desmedido, convertido casi en obsesión, que nos hace diferentes.

La expresión de este fuerte sentimiento cambia a medida que pasan los años. Así, nuestras infantiles capeas distan mucho de las que se viven en la madurez; contando todas ellas con un sinfín de aspectos que las hacen irrepetibles.

De esta manera, podemos iniciar un repaso por los modos y costumbres que caracterizan la forma de vivir estos días en cada una de las etapas de nuestra existencia.

Cuando somos niños, las capeas connotan juego. La corralá, los tablaos y las innumerables troneras constituyen escenarios perfectos para recrear la gesta de alguno de nuestros más afamados toreros, para simular una llamativa cogida o para llenarse del orgullo que supone representar a algún ganadero.

Sin embargo, lejos del divertimento, la realidad es muy distinta. En los primeros años de vida, la plaza parece inmensa y las vacas se aprecian como feroces bestias que, en un descuido, pueden protagonizar un inesperado revolcón.

Para protegerse de ello, los más pequeños recurren a su mejor refugio: el tablao.

Los niños de Segura ven las capeas casi a vista de pájaro. Durante horas, analizan todos los movimientos que se producen en la plaza, por lo que son una de las mejores fuentes de información cuando no ha sido posible asistir a la tarde de toreo.

Pequeños ojos que otean
la capea desde lo alto
par de cuernos corretean
tras el envite de un trapo.

Infantiles experiencias
con sabor a dulce juego
simulan brava presencia
sembrando el miedo en el ruedo.

Con el transcurrir del tiempo, algunas cosas van cambiando, y ya en la adolescencia se descubre un nuevo universo: la pandilla.

Con los amigos de toda la vida se interpretan los cánticos que ya cantaron los que nos precedieron, se recorre la calle de La Fuente sin la supervisión paterna y se prepara con gran ilusión lo que, desde hace poco más de una década, constituye el símbolo de cualquier grupo de amigos: el chiringuito. Un coto de veda que les identifica. En él se desarrollan algunos de esos momentos que se tendrán presentes toda la vida.

Recuerdo una casa vieja
decorada de ilusiones
de emociones que surgieran
de los amigos de entonces.

Romancero de alegría
corre por las callejuelas
savia nueva, eterna vida
de una pasión segureña.

La juventud significa un salto cualitativo en la manera de disfrutar las capeas.

En esta etapa vital se participa en el tumulto propio de la Esquina de la Botica y se sienten los primeros temblores de piernas en la carrera hacia la plaza, cuando los cuernos asoman.

Se contemplan las vacas desde un mismo nivel; bajo esos tablaos que nos guarecieron tiempo atrás.

Comienzan también los alardes de valentía, e incluso de inconsciencia, y con ellos, los primeros sustos.

El cosquilleo en la barriga es una de las nuevas sensaciones que nos acompañará tarde tras tarde, cuando las astas de la vaca rocen la tronera en que nos encontramos, cuando la búsqueda de un hueco se torne en compleja tarea o cuando bajo una ventana, el animal se haga el remolón.

En el caso de las jóvenes segureñas, estos años acercan un sueño que se mantiene desde la infancia: ser una de las elegidas para presidir esta noche.

Con su bello traje y la típica mantilla, podemos contemplar cómo hay virtudes que pasan de generación en generación.

Enhorabuena María Esther, Rocío, María Luisa, Gloria y Mari Carmen, seguramente esta noche veis cumplido lo que tantas veces imaginasteis con vuestras amigas.

Sueños de oro y mantilla
que coronan la belleza
y los ojos de una niña
que juega a ser la vaquera.

Luces de luna en su cara
arena borda el vestido
estrellas pintan la banda
como peineta, el castillo.

Esta época constituye también el momento de saber qué entresijos se esconden más allá de la pandilla, iniciándose nuevas relaciones y amistades.

De esta manera, tu espacio se convierte en un crisol de grupos de la más diversa consideración.

El sentimiento por las capeas de Los de la Breva deja paso a la unidad de Los Astutos. La autenticidad de Los Corchas se mezcla con la algarabía propia de Los Chinchetas...

Los pioneros en esto de las peñas, Los del Tomate, Venenos y Burrancos, pueden sentirse orgullosos: su idea ha triunfado, y en la actualidad la lista de nombres se hace interminable: Los Ardila, Malagús, Diablillas, Aristois, La Jaula...

Pero permitidme que en este apartado haga un inciso muy especial, y dedique unas palabras a mis amigos de siempre: Los Mosquitos.

Mis memorias están plagadas de pañuelos rojos y camisetas azules, de hermosos instantes vividos en los colegios, en la plaza o en la calle de la Fuente, donde interpretamos esas canciones y bailes que conforman la banda sonora de nuestros recuerdos.

Memorables momentos de los que también forman parte dos amigos muy especiales, que aunque ya no están entre nosotros, siempre contarán con un privilegiado lugar en nuestros corazones.

Y llega la madurez. Es el momento de levantar troneras y tablaos, de colaborar para que este gran escenario, que es la plaza, tome ese aspecto que nos impacta. Ratos agradables en los que compartir anécdotas y experiencias con los compañeros de cada año.

Costumbres que no cambian, frente a otras que sí lo hacen. La valentía y el arrojo, demostrados tiempo atrás, comienzan a flaquear, por lo que los recortes y pases que antaño se realizaban ante la vaca se convierten en tímidas salidas desde una tronera que nunca se pierde de vista.

Para muchos, en especial los que residen fuera, es un tiempo en el que pesan las obligaciones. El nuevo curso escolar o la vuelta al trabajo impiden en ocasiones estar presentes toda la semana de capeas.

El vacío que se siente el día de la ausencia es indescriptible. La mente se muestra ajena a la labor que le ocupa, puesto que aún no ha conseguido desprenderse de la rutina de los festejos. No se atiende al horario propio de la vida cotidiana y se continúa estructurando la jornada entre las 3, las 6 y las 9 de la tarde.

Estos últimos años contamos con una herramienta que ayuda a soportar los instantes de mayor nostalgia: la página web; que acerca, casi simultáneamente, los acontecimientos más importantes del día. Con ella se puede aminorar, nunca olvidar, ese anhelo por estar presente en la fiesta.

Distancia, duele el corazón
me arrebatas la palabra
y vivir con hondo fervor
la cultura que mamara.

Casta en la plaza lejana
rutina en la eterna ciudad
garrochas surcan la entrada
pensamientos en libertad.

En este periodo de la vida, son muchos los que no dudan en descender a las llamas de la calle Real o del Infierno, como se le conoce estos días, para compartir charla y diversión con otros paisanos o amigos forasteros; disfrutando, al ritmo más veraniego, de la convivencia con otras personas.

Este lugar se ha convertido en un estupendo reflejo del diálogo y del carácter extrovertido que demostramos en capeas; en él no existe distinción de sexo, raza o edad.

Cabe preguntarse si en otros aspectos de los festejos mostramos la misma receptividad con las personas que nos visitan como en esta calle. No hay que olvidar que es el conjunto lo que hace que estas fiestas sean de Interés Turístico Regional.

También nuestros mayores tienen un lugar muy destacado en la celebración de las capeas. A ellos corresponden esas hermosas historias y recuerdos que nos acercan vivencias del pasado siglo.

A esta edad se comprueba que la existencia humana es cíclica. Tras años sin pisarlo, se regresa al tablao, donde aguardan los más pequeños a la espera de esos añejos relatos que, a su vez, transmitirán a los amigos de otros tablaos, garantizando la historia no escrita de las capeas.

Acércame tus memorias
cuéntame, mi viejo abuelo
historias de color sepia
aquellas que no volvieron.

Habla de la mejor vaca
del distinto ganadero
de la emoción desatada
por el valiente torero.

A pesar de las diferencias, encontramos diversos puntos de encuentro entre los distintos grupos de edad; ejes que permiten que la honda devoción por nuestras fiestas sea común a todos los segureños.

El primero de ellos es una figura clave para todos nosotros: el ganadero, hacia el que proferimos respeto y admiración.

El riesgo que corren al ofrecer el ganado, su fuente de riqueza, es un generoso gesto que nunca pasa inadvertido.

Este protagonista de nuestras fiestas se esmera durante el año en cuidar sus reses.

Entre las dehesas segureñas y mientras ejerce las labores propias del oficio, deja navegar sus pensamientos, que le permiten vislumbrar cómo será su tarde de capea.

El día en que todos los ojos se centran en él no es una jornada fácil, aunque las hermosas imágenes que aporta el discurrir de las vacas entre olivos y encinares proporcionan la energía suficiente para salir victorioso de tan loable faena.

Todos somos conscientes de tal esfuerzo; por ello, mostramos nuestro agradecimiento con un destacado respeto al ganado, que exigimos a todo aquel que ose pisar la arena de la plaza.

Por ello también, elevamos al ganadero sobre las cabezas del gentío y dedicamos un sentido y prolongado aplauso con el que demostramos nuestra satisfacción por seguir contando con personas de este calibre. A todos, gracias.

Sin embargo, por encima de ganaderos, toreros, segureños y visitantes, existe una figura que se erige como luz en el camino y que se proclama como punto de origen y final de nuestra andadura.

El Santo Cristo de la Reja, espectacular imagen que preside ermita y vidas, acoge todos nuestros deseos y agradecimientos.

Desde el segureño de menor edad al más anciano, todos lo consideramos guía en nuestro caminar, lo que se refleja en el peregrinar que multitud de personas realizan cada día en busca de su regazo.

Su expresión es doliente y a la par, tranquilizadora; sus ojos pregonan perdón. Junto a sus pies, todo aquel que lo busca halla protección y consuelo.

En esta noche de pregón también solicitamos su salvaguarda, para que esta aventura, que ahora comienza, sea una realidad de ilusiones, esperanzas y sueños.

Para que al despertar, el próximo lunes, sigamos sintiendo el hechizo de un pueblo que tiembla de emoción ante una reja.

¡Amad segureños, amad estas fiestas;
que todos comprendan el embrujo de la arena y las maderas,
que conozcan nuestras señas
y compartan nuestro vigor, nuestra pasión,
nuestras Capeas!


Muchas gracias y buenas noches.

Ana Mª Ruiz Montero
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