Segura de León


Quedan 47 días para las Capeas 2017

Pregón Capeas 2012


¡Buenas noches, Segura!

D. Francisco Miguel Brioso PretelD. Francisco Miguel Brioso Pretel

En primer lugar, me gustaría agradecerte, Antonio, este testigo que me das en esta bonita carrera de relevos. Nunca olvidaré este hermoso gesto ni tus consejos ni esas palabras que no merezco, abriendo las ventanas de este balcón para que hablen mis sentimientos.

¡Vaquera y zagalas!, gracias por acompañarme en estos minutos inolvidables, impregnándolos de color y belleza. Gozad de vuestra noche de hadas, de este cuento de princesas, llevad con orgullo esa banda que representa a la mujer segureña y disfrutad con todas vuestras fuerzas esta semana de fiesta, porque viviréis muchas capeas pero ninguna será como ésta.

Y ahora, con la voz temblorosa y la garganta “añugada”, te doy las gracias, Lorenzo, por invitarme a formar parte de la historia de este pueblo y darme la oportunidad de pregonarle a Segura regalándome este sueño.

No suelo escribir como hace mi progenitor. No tengo la sapiencia del hombre de campo ni las vivencias de un abuelo. No sé de ganado ni de cosechas ni vivo las capeas como un ganadero. ¡Solo cuento con un corazón que supura pasión por lo segureño y está desgastado de querer a este pueblo! Así que empiezo:

Encontrándome en el vientre de mi madre, recitaba poemas mi padre, en los que hablaba de un humilde lugar emplazado en el sur de Extremadura, un pequeño rincón llamado Segura de León.

Con rimas y versos, colmados de cariño y afecto, me lo dibujaba sin pincel ni lienzo: su silueta, su naturaleza, el carisma de su gente, la torería de su plaza, la belleza de sus fuentes y una fiesta con solera, “Las Capeas”, presidida por el Cristo de la Reja.

Y fue a él, en el año 76, cuando en mi quinto mes de gestación, le escuché mi primer pregón. Un pregón lleno de palabras valientes y buenos deseos para un pueblo que se levantaba y comenzaba a tomar aliento.

Nací en Sevilla meses más tarde, el último día de enero, emprendiendo dos semanas después mi primer viaje con destino a este paraíso extremeño. Lloré todo el camino hasta llegar a la Fuente “Benardo”. Allí enmudeció mi llanto cuando al pasar por el “Monte del Calero” respiré la fragancia de la jara, del tomillo y del romero.

Algunos zorzales salían de los olivos de la Tora hacia el Pinar de la Señora, en la Cerca del Carril las encinas mecían sus bellotas, más abajo el Castaño hablaba con la Atalaya y, al fondo, la “Piedra del Tambor” tocaba en el Cerro Gordo. Llegaba la mañana y el Mimbrón amanecía oliendo a presta y a hierba mojada. Al cruzar el Pasay, me quedé sobrecogido al ver mi destino encumbrado entre dos cerros: Segura de León, elegante y apuesto, templando sus casas al sol de un gélido día de febrero. En un extremo, el castillo coqueteaba con el cielo; en el otro, el monumento permanecía expectante y discreto; las cuestas despertaban y su plaza empedrada presumía de soportales centenarios, de viejas esquinas y de calles empinadas que me daban la bienvenida.

Desde entonces, de Segura soy prisionero, y mi tiempo, mis deseos y mis sueños están cautivos de este pueblo. A mis padres les debo la vida, a Segura mi ser y mis cimientos. Este pueblo me acogió en mis primeros días como a cualquier segureño, meció mi cuna y en las noches me contaba cuentos de capeas, de jinetes y de valientes toreros.

Aquí me bauticé y me pusieron el nombre de mis abuelos. Comencé a andar en la calle Diego Casquete y en la plaza de Don Carmelo. Mis primeras palabras fueron “masiao”, Muladar, Cerro Gordo y Monumento; y mis mejores juguetes las marrales de la Piedra Gorda, la tierra de la Pendona y los sauces del paseo.

Esta Plaza jugó conmigo a la raya blanca y al guá en los agujeros, al repión, a las tres porterías y a las tres chapas en el paseo; y en las rejas de sus ventanas a churro-mediamanga-mangotero.

Aprendí a montar en bicicleta y Segura me mostró sus raíces en caminos y veredas que me llevaron al Torreón, a los “Regíos”, al Sejo y a la Martela.

En mi adolescencia descubrí el mundo de la caza, que además de darme momentos inolvidables con mis compañeros, me presentó la belleza de esta tierra: rivera, cerros, lindes, sexmos y dehesas. Entonces, mis sentidos se agudizaron para disfrutar del sabor de Ardila en la mañana, de los olores de “Najarro” en la madrugada, de las vistas de “Sierra Gúa”, del silencio de una tarde en la Cañada y, en las Ventosillas, del roce de las retamas.

Segura comenzó a hablarme de sus mujeres y me enseñó a valorarlas y a respetarlas. Eva, Patricia, Carmen, María Fariñas y María Garduño, sois afortunadas por ser herederas de la mujer segureña, por llevar la sangre de una mujer de raza y de carácter: infatigable, tierna, comprensiva y buena compañera; amante de sus hijos, risueña, sencilla y torera. Una mujer que parece frágil como un cristal, sin embargo, es capaz de afrontar desafiantes retos, y con mi abuela os pongo un ejemplo: mujer que enviudó joven y tiempo después perdió a su hijo de quince años; no obstante, siguió luchando por la vida, sola con su hija, con más penas que alegrías, con trabajo y mucho esfuerzo, para morir agradecida de haber vivido en Segura y conocer a sus nietos. ¡Así que, desde este humilde balcón, me quito el sombrero, y a ella, a todas las que se fueron y a todas vosotras os doy mil gracias por haber parido este pueblo!

¡Por haber parido al hombre noble y humilde! Al segureño que con sus manos levantó el castillo, la iglesia y el convento. Al hombre que con su cincel esculpió el perfil más hermoso del sur extremeño. Al que regó con sudor esta tierra, sembrándola de vida y la pintó de verde con olivos, alcornoques, pinos y encinas. Al hombre que inventó la fiesta más bella, esta que nos atrapa y embruja, y ¡son nuestras capeas!

Segura, en una tarde de verano, me relató su pasado y me contó que como otros tantos pueblos vivió necesidades, calamidades y miserias; que hubo segureños valientes que marcharon a otros lugares con una simple maleta, dejando atrás padres y hermanos para que esta tierra comiera y dejara de pasar penas. A mí personalmente, me llena ver a esos emigrantes en cualquier época del año, pero sobre todo en estas fechas, disfrutando de su gente, de su familia, de sus recuerdos y del sabor de su tierra.

Fui creciendo y Segura  me dio creencias, costumbres, experiencias y tradiciones, que conformaron mi persona, mi vida y mis pasiones. Segura me ha dado familia, me ha dado amigos y sobre todo me ha dado a los segureños, a la gente que quiero, con los que me encanta conversar y compartir mi tiempo.

Actualmente, soy maestro en Sevilla. Vengo todos los fines de semana y no hace falta que sea Navidad, verano o Semana Santa ni me hace falta el ambiente. Vengo cuando llueve, con calor, frío o nieve, ¡porque me encanta!, y necesito el aire de sus cuestas, el color de esta plaza, el agua de sus fuentes y la alegría de sus casas. Y no reniego de mi ciudad. Sevilla me vio nacer, me formó y me da de comer, pero Segura… ¡Segura es mi pueblo y orgulloso lo digo a boca llena!, porque lo heredé de mis padres y mis abuelos, y si el destino quiere lo heredarán mis hijos y mis nietos, ¡que no hace falta nacer aquí ni estar censado en el Ayuntamiento para sentirse segureño!

Vivo y moriré enamorado de tus calles y calzadas,
del bermejo de tus tejas, de tus piedras y murallas.
Sueño con tu silueta y el tañer de tus campanas,
con la sombra del Barranco y el polvo de la Cañada.

Deseo la piel de tus campos, el olor de tus mañanas
y el fulgor de la luna llena en tu viejo patio de armas.
Tengo celos del hierro forjado que defiende tus ventanas,
y del cerro de la Lobera aullando en las alboradas.

Envidio la reja del arado que peina tu tierra parda
y al horizonte azulino donde alcanza tu mirada.
¡Que lleve el aire piropos de mi amor por este pueblo,
y se entere todo el mundo que también soy segureño,
que quiero morir en Segura porque Segura es mi cielo
y el jardín de los Remedios mi paraíso eterno!.

Llegado ese momento, si existiese otra forma de vida, daría lo que tengo por:

Ser el agua que corre por la rivera y lava a Segura cuando despierta. O pared en el alto de Peña para disfrutar del piñoneo de las perdices y de las liebres que garzonean.

Ser la brisa que vuela por los Habares, Najarro, Gigonza y Casas Nuevas, susurrándole a San Blas, a Colomba, al Morito y a las Vegas; el viento que acaricia las Dehesillas, las “Porrejonas”, la “Jesa” y Matamoros, y sopla en los Palacios, Moca, las Pelonas y Tinoco.

¿Y si pudiera ser reja en la calle de La Fuente para sentir a las vacas cuando llega septiembre?; ¿minutero en el reloj de la Plaza para no perderme una entrada o espejo en la esquina de la Farmacia para ver cómo las vacas se marchan?

Señor, daría entonces lo que fuera por ser el trapo de la mujer torera o el abrevadero donde se acicala el ganado cuando viene de capeas.

Capeas, una palabra que pasea a Segura por ciudades, pueblos y aldeas. Una palabra que no solo significa fiesta. La capea es sentimiento, tradición, historia y respeto. Cada uno la vive de una forma y la interpreta a su manera, y el que la conoce por vez primera hace lo imposible por volver a verla.

Aunque es difícil que un forastero entienda lo que siente el segureño cuando en San Roque se come un merengue, leyendo la revista de Fiestas; cuando muere agosto y septiembre comienza; cuando sube por la calle de la Fuente y ve a Real echar tablas en la acera; cuando llega a la Plaza y encuentra la tranca puesta; cuando escucha cómo brama Casablanca, despiertan las dehesas, y siente los cencerros de las reses inquietas.

Es complicado que comprendan lo que sentimos cuando oímos esa música celestial instrumentada por palas, martillos y palancas, que suena al compás que se levantan tablaos y troneras en la Plaza; cuando vemos la soga amarrar al madero, cuerdas y alambres apretando las tablas, las puntas cosiendo tableros, mientras los clavos trabajan a marchas forzadas.

Y es ese olor a madera vieja el que anuncia la jarana, el que hace que olvidemos las penas que lleva el alma.

Los Bellidos traen la arena, los zagales corren y hacen entradas, juegan con palos en las manos a ser toreros y vacas. En la noche de pregón, proclaman a vaquera y zagalas, y nos acostamos pronto, esperando con ilusión que levante la mañana.

Llega el día trece y estamos deseando pasear por la calle de La Fuente, saludar a la gente, ver los chiringuitos que caldean el ambiente y volver a la esquina de la Farmacia para disfrutar del cante, a tocar las palmas y a reír las bromas del segureño con guasa.

A las tres menos cinco, el Pilarito avisa “ya vienen las vacas”, el ganadero llega y la gente se prepara. Los caballistas, con la garrocha en la mano, aguantan la manada, que viene impaciente y nerviosa por pisar la Plaza. Pasa despacio por los colegios y a la altura de la Calleja Llana, las dos novillas nuevas, que venían en el medio arropadas, empujan a las berrendas, sacando toda su casta y hacia adelante salen lanzadas, detrás de Joaquín Díaz, de los hermanos “Pintao” y de otros valientes que desafían a sus astas. La esquina de la Farmacia en segundos se despeja, vomita segureños y forasteros concentrados en sus piernas. Aparecen las novillas, algunos con el miedo, tropiezan, una por la izquierda, la otra por la derecha, resollando, arremeten por palos y troneras. La gente grita y los tablaos se levantan, mientras llegan las demás por los caballos empujadas. El pueblo, enardecido aplaude la hazaña. ¿Cómo explicar lo que siente el segureño en cada entrada? ¡Si para ese sentimiento no existen palabras!

Se reponen fuerzas en los chiringuitos o en los bares de la plaza, que huelen a bacalao guisao, a guarrito, a chuletón de buey y a gambas
rebozadas.

A las cinco y media, un café en el bar de Carlino con piononos de Eloisa. En cuestión de minutos los tablaos cobran vida y se llenan de mujeres, abuelos y niños provistos de agua y bolsas de pipas.

Suenan seis campanadas,
que encierran treinta vacas.
La plaza se santigua,
las cuerdas son regadas,
los trapos se sacuden,
y la arena está mojada.

Los golpes en la puerta de la “corralá” dan paso a una novilla que entra con hambre de tablas. Antonio Jesús Pérez la recorta y también Antoñito Maya. Después embiste a Luis “Kalina” y a los palos lo sigue, pero “Gordillo” y Paquino le salen al quite. Diego “Canuto” muestra veteranía y “Platanito” torería. Joaquín “el Pintao” se la lleva a los medios, donde la vuelve a pasar Antonio “el Madrileño”. Con la vaca ya cansada, Santi remata la faena y con afición torera se acerca enseñándole el camino hacia la puerta.

La gente hace la ola, con Eusebio dando vueltas, que con sus brazos pone en pie, tablaos, balcones y troneras. Y así pasamos la tarde, entre vacas y carreras, con los gritos del susto y el cante de la juerga.

Llega el momento en el que sale la última. Y me estremezco y me quedo sin palabras cuando veo a hombros al ganadero en el centro de la Plaza, emocionado, por las voces de Segura que lo aclama.

Minutos más tarde, la “calle del Infierno” se llena y vibran sus paredes, sus escalones y rejas, con el baile y el vocerío de la gente que festeja el término de una feliz tarde y el comienzo de la verbena. Al mismo tiempo, los chiringuitos y “los bujíos” se engalanan para la noche, que viene de parranda buscando los encantos que tiene la madrugada.

Y ahora sí, me gustaría aprovechar esta ocasión para dar las gracias al ganadero de capeas, corazón y eje vertebrador de esta fiesta. El ganadero de capeas es ese hombre que pasa inadvertido hecho de otra madera, ese que ofrece en septiembre el pan de sus hijos para que los demás se diviertan. Ese hombre que, a pesar de mellar su economía, sueña con traer sus vacas otro día y pasa las noches en vela, pensando si tendrá que comprar alguna, cómo será la entrada, si se encerrarán pronto o… ¡si darán juego en la Plaza!

Es ese hombre que, sin miedo, se mete en la “corralá” para afrontar la más dura pelea, cara a cara con su ganado, con la vara en la mano, escogiendo el orden de la capea. Este sobreesfuerzo es lo que muchos no vemos ni entendemos. ¡El ganadero de capeas vive para esta fiesta! ¡Es algo sobrenatural! ¡Es ese que, en su lecho de muerte, sabe que no llegará al próximo septiembre, pero reza para que sus vacas sigan entrando por la calle de la Fuente!

Es admirable cómo esta figura ha sabido transmitir generación tras generación valores, entusiasmo e ilusión para que esta fiesta siga viva, perdurando en el tiempo con la esencia que se originó. Ya escribía Rafael Brioso en uno de sus poemas: “te mereces una estatua en lo mejor de la Plaza para que todos la vean”, y no se cumplieron sus deseos; ¡pero este año el pueblo tiene una calle nueva que se llama, merecidamente, Ganaderos de Capeas!

El otro día, paseaba por la Piedra Gorda cuando me encontré con Dña. Antonia Gata, fuente de saber, mujer, madre y abuela de ganaderos de raza. Sus ojos cansados se avivaban contándome historias de las capeas del pasado. Cuando llegué a casa, envuelto en sus relatos, pensé en una máquina del tiempo que me llevase a aquellos años:

  • Para ver la fuente en el medio de la Plaza, vacas subiendo por la “Rabá”, todas las calles sin tablas y una entrada por el Muladar.
  • Conocer las ganaderías de D. Diego el alcalde, de D. Manuel Rey, de los Jara…
  • Aplaudir los lances de Miguel “el carpintero”, corriéndolas desde la fuente a los maderos.
  • Y disfrutar de un día de Búho con José González y los Alba, entre copas de vino, hablando de caballos y vacas.

Una máquina del tiempo para revivir algunos momentos:

Cuando vestía mi camiseta blanca, mi pañuelo rojo, y probaba con los “Mosquitos” las uvas del Cerro Gordo, comía moras en el Pilar Viejo, bebía en Santa María, y volvía a los colegios con mis vaqueros rotos, a dar inocentes tragos de los primeros calimochos. Allí sentado, miraba hacia arriba y veía a “Chinchetas”, “Astutos” y “Belloteros”; a “los de la Breva”, a “Burrancos” y a “Venenos”. Y al fondo, cerca de la bodega de “Los Miranda”, escuchaba a Pedro Luis, Frasco y Menaya, cantando por los Burning, para animar a los Corchas con su vieja guitarra.

Qué me gustaría revivir una entrada de “la Gacha” o la carrera torera de una negra sotana; un encierro de las reses de D. Eduardo Casquete con Jesús, su mayoral, que solo con su vara encerraba la piara en la recia “corralá”; revivir una tarde de tablao con mi hermano, donde toreábamos con la mirada, mientras los pies colgaban entre maderos y tablas; y como no, revivir una noche de discoteca, salir a la puerta, ver la calzada de Cardenal y la calle San Roque repletas.

Pero ahora toca presente y va siendo hora de que comiencen las fiestas del Cristo de la Reja, que arranquen las Capeas, que suene el pasodoble y el tablao baile con la tronera. Seis soles toreros con siete noches de verbena, esperan nerviosos a zagalas y vaquera. Los corrales se aderezan, las vacas están dispuestas, las garrochas y las espuelas aguardan con impaciencia.

Antes de terminar me gustaría mandar un fuerte abrazo a todas aquellas personas que están arraigadas a este pueblo y por cualquier circunstancia no puedan acompañarnos ni un solo día de esta semana. Asimismo, le deseo suerte al torero, temple al caballista, al ganadero sosiego, y a vosotros que disfrutéis como sabéis hacerlo, respetando al ganado y… ¡regalando hospitalidad! ¡Que se entere todo el mundo por qué tenemos una fiesta de interés turístico regional!

Y ya dejan de hablar mis sentimientos. Espero que mi voz sincera haya llegado a todo el pueblo, que los escritores perdonen mis expresiones y los expertos en pregones mis errores. A vosotros os agradezco de todo corazón vuestro tiempo y vuestro respeto. A mis padres, Rafael y Juliana, ¡gracias por hacerme segureño!

¡BUENAS NOCHES Y FELICES CAPEAS!

Francisco Miguel Brioso Pretel

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