Segura de León


Quedan 354 días para las Capeas 2018

Pregón Capeas 2015


 

Buenas noches, Segura.

Vaquera Mayor, Zagalas, Autoridades, Segureños, Familiares y Amigos:

Es un honor para mí proclamar esta noche desde este balcón, las fiestas del Santísimo Cristo de la Reja.

En primer lugar, quiero agradecer a José Mari sus palabras que nacen, sin duda, del vínculo que une a nuestras familias como amigos y vecinos desde hace muchos años. Muchas gracias, José Mari, por estas inmerecidas palabras que procediendo de ti, me han sonado a música celestial.

En segundo lugar, quiero agradecer a Lorenzo la invitación que me hizo el día 25 de mayo, tras ser de nuevo elegido Alcalde de nuestro pueblo. Invitación que creí que era un sueño, un sueño de esos que aturden, emocionan, y emborrachan el alma. En la plácida noche de ese 25 de mayo pude saborear la más noble ilusión, el regalo más anhelado que puede tener todo segureño y, sin embargo, también pude sentir la responsabilidad y la inquietud que suponen proclamar nuestras entrañables y queridas Capeas.

Aquella noche, amigo Lorenzo, me fue difícil conciliar el sueño.

Se me agolpaban en la memoria, las imágenes veladas de…:

  • un pequeño pueblo blanco de rojos tejados y verdes contornos de dehesa extremeña.
  • de calles estrechas y empinadas, flanqueadas por blancas fachadas, que serpentean al cielo.
  • de la esbelta silueta de un castillo que vela risas lejanas.
  • del estrellado cielo de verano, que escucha atento tertulias y secretos de grupos de amigos.
  • de ermitas e iglesias, monumentos de cal y piedra, encajados con armonía en su bella fisonomía...
  • de juegos de infancia en una plaza porticada repleta de niños, cuyos ecos de gritos y risas aún conservo en mi memoria.
  • de los olores y sabores de este precioso y singular rincón de la Baja Extremadura.

Y aquella noche sentí:

La presencia del Cristo de la Reja animándome a seguir, de un Cristo moreno que todo segureño lleva en su corazón; de un Cristo atento que nos cuida, nos protege y nos reconforta; de un Cristo, que nos anima en los momentos difíciles y se alegra de nuestros logros y éxitos.

Y allí, en el callado silencio de su ermita, los segureños, como barcos a la deriva, replegamos velas y nos dejamos acunar en la mar infinita de sus brazos, y le contamos penas y alegrías, que son penas más intensas si ocurren en Capeas y son alegrías más celebradas, si suceden en estas fechas.

¡VIVA AL CRISTO DE LA REJA!

Y aquella noche imaginé:

Una Segura que se asoma a la historia engalanada con un collar céltico encontrado en La Martela. Y, de la Sierra agreste, Segura se establece en época romana en cómodas villas como el “Torreón”, los llanos del Cristo o la apacible dehesa del Sejo; de una Segura que cabalga a lomos de recios caballos con los maestres de la Orden de Santiago, erigiéndose en Cabecera de la Encomienda Mayor de León. Una Segura cargada de historia como reflejan sus monumentos: el castillo milenario; la colosal iglesia parroquial de antecedentes visigodos; el convento franciscano, con su claustro mudéjar, testigo excepcional y marco acorde a los bellos cánticos de la coral Castillo y Encinas, y a las representaciones de Arriba el Telón; entre otros.

Y aquella noche recordé:

Las temporadas que muchos segureños pasaban en Ardila, cuando los hombres se marchaban en los meses de siega y recolección acompañados por sus familias. Casas Altas, Casas Bajas y caseríos dispersos habitados por gente. En aquel Ardila repleto de vida, latía entonces el corazón de Segura.

Allí recuerdo mis veranos con mis padres y mis hermanos en la casa de Gigonza. Aún conservo en la retina:

  • la inmensa claridad del amanecer.
  • los paseos a la ribera, flanqueados por paredes de piedra seca.
  • el verde intenso de encinas y matorrales.
  • las anheladas visitas, los domingos, de mi tía Mari cargada de chucherías, que como niños esperábamos con impaciencia y devorábamos con avidez.

En aquellos años la corriente del Ardila se entrecortaba formando charcos, que las mujeres aprovechaban para lavar, tendiendo la ropa en retamas y juncos aledaños a la ribera, esperando la respuesta de un sol de justicia, mientras los niños aprovechábamos para darnos un baño, saciando así la sed de los veranos segureños.

En aquel idílico entorno conocí a Mª Carmen Romero. Allí compartimos con otros niños los primeros juegos, juegos que asomaban en cualquier lugar que la imaginación y los recursos naturales les permitían.

Allí nació una amistad, que mi amigo Tomás Brioso, y mi marido Luis, se empeñaron en que conservásemos, pese a la distancia.

Una amistad bendecida, sin lugar a dudas, por las aguas cristalinas del Ardila de antaño.

Bellos paisajes segureños, dónde el aire se respira puro, lugares de los que disfrutan a lo largo del año la asociación de Senderistas de Segura y el grupo de ciclistas “Fatiguita constante”.

Y en aquella noche, también, añoré:

Las imágenes de Capeas, de una fiesta cuyo éxito va unido a:

  • la ilusión, vivencia y participación de cada uno de los segureños de a pie, individuos, grupos y peñas que se echan a la calle, plaza, chiringuitos y bares a cualquier hora y en cualquier momento del día, con alegría desbordante, energía desenfrenada y un alegre entusiasmo, que hacen que las capeas sean una fiesta incombustible, una fiesta singular, una fiesta única.
  • un éxito que va unido a la emotiva, pasional y eterna transmisión de sentimientos, de generación en generación.
  • a la comunión entre la vaca y el hombre, que se materializa en el respeto del segureño al “ganao”.
  • a la constitución de la Asociación de Ganaderos de Segura, que garantiza la continuidad de las Capeas.
  • al empeño de las Corporaciones Municipales a lo largo de los años, a lo largo de la historia.
  • y un éxito que va unido al trabajo callado y continuo de muchos segureños durante estos días.

Y en aquella noche, también, evoqué:

una plaza que transforma su fisonomía gracias al buen hacer del segureño, diestro en el manejo de madero, soga y clavo; una plaza dónde los niños juegan a capeas; una plaza en la que durante seis días viviremos las ilusiones latentes de todo un año...

En mi niñez tenia sitio en el tendido del sol. Mi tablao estaba situado en el paseo, frente a la corralá. Era como esos hoteles que llevan “el todo incluido”: allí teníamos siesta, merendilla y baño, por si la necesidad apremiaba, éste con rendija entre las tablas y riego libre a la arena de la plaza, en el mejor de los casos; teníamos las mejores vistas de la salida de las vacas y como daba el sol de lleno, teníamos también sesiones de rayos UVA gratuitos.

En la adolescencia y juventud, compartí con mis amigas” la tronera de las mujeres”, en el rincón de la Violetera dónde las risas, cánticos y apretujones se adueñaron de aquella esquina. Allí hicimos alguna visita a Lorenzo y a su familia en el bar, cuando el peligro era inminente.

Y evoqué una entrada, esa entrada que siendo adolescente empezábamos a las doce de la mañana, difícil perdérsela saliendo de casa a esas horas, una entrada que incluía recorrido por la calle la Fuente, Santa María, Los Llanos y Los Colegios con alguna incursión frutícola en los alrededores para reponer fuerzas, entrada que queríamos alargar en una interminable y divertida espera repleta de juegos, bromas y canciones de Capeas .Hoy, con la madurez a las espaldas, veo la entrada con la emoción contenida de una anhelada espera, mientras degustó tapas y cañas en el chiringuito de Los Mosquitos con mi primo Fernando y mi tía Concha.

Y, cuando el miedo y la emoción nos aprietan el corazón, cuando el miedo se impone, regresamos en incesante y constante flujo a la plaza, pese a la muralla humana que canta “esto es una esquina, por aquí no pasa nadie”. Entonces se quedan y es el tiempo de los más valientes, aquellos a los que el cuerpo y las piernas les permiten esperar más; esperar hasta que se oigan cerca los cascos de las vacas y caballos; esperar hasta que se vean los primeros cuernos del ganado; esperar para llegar a la plaza tras un recorrido veloz. Y la entrada se convierte en un río multicolor de mozos y mozas hábiles en la carrera, que sienten el aliento y los cuernos pegados al cuerpo.

Recuerdo a mi primo Antonio “patarro”, entre los últimos de este grupo compacto, que lograba todos los años hacer la entrada veloz a la plaza, al igual, primo, que ganarás la carrera a la que la vida te ha retado hace ya dos años.

Y las vacas y los mozos y mozas entran, y la emoción de los segureños y segureñas que esperan en tablaos y troneras estalla, y los caballos rodean airosos la manada y, entonces, el corazón late con fuerza y la plaza aplaude la bonita entrada de ese día.

Y a las seis de la tarde, según suenan las campanadas del reloj, los mozos con silbidos y los vaqueros con garrote en mano, encierran las vacas en la “corralá”, acompañados de “a encerrar que se va la tarde”

Y allí comienza el trabajo de ganaderos, mayorales y vaqueros, que irán estableciendo el orden para que las vaquillas salgan y sean toreadas.

Y en un incesante salir y entrar de vaquillas, en perfecta armonía entre “corralá” y “portá”, transcurre la tarde de capeas; con gritos desde los tablaos cuando se vislumbra el peligro inminente, con apretujones en las troneras del miedo; con recortes y carreras de mozos valientes y experimentados como Santi, Platanito, Antonio o Canuto y D. Carmelo, en otros tiempos(---); con cánticos de “mucha vaca, mucha va es”; con Eusebio que invita a hacer la ola; con buenos ratos de dulce espera; hasta que la última vaca, esa que sabe el ganadero que tiene que salir al final, deja la plaza vacía y las troneras a rebosar, y a las gentes de los tablaos en pie, y entre gritos, y aplausos interminables sale de la plaza.

Y entonces, a la tenue luz de las farolas, ocupa su lugar el ganadero, que subido a hombros da la vuelta al ruedo cuadrado y recibe el abrazo y el aplauso de una plaza agradecida y entregada por la mágica capea vivida.

Yo, como hija de ganadero de capeas, os digo que lo mismo que un pintor nos emociona con una obra genial o un cantante con una bella canción, vosotros los ganaderos, mayorales y vaqueros sois los genios de las capeas, los artista que nos emocionáis con la selección de las vacas que traéis, con el orden en el que las sacáis, con el entusiasmo y la ilusión que ponéis en estas entrañables fiestas.

Simbolizáis las virtudes más nobles: generosidad, entrega, trabajo, sacrificio. Sois los magos que nos hacéis vivir a los segureños, la ilusión más esperada del año, y para eso entregáis vuestro bien más preciado, vuestras vacas, de las que en muchos casos depende vuestra economía, para el disfrute y diversión de todos los amantes de las Capeas.

Nombraros a todos sería tan extenso como grande es nuestro agradecimiento. La frase de Benito Pina: “Ahí está lo que hay”, inmortalizada junto a la “tranca”, símbolo de capeas, no puede expresar mejor la generosidad de los ganaderos de Capeas.

Me gustaría también pedir el mayor de los aplausos, el mejor de los recuerdos para todos los que este año pasaron a ocupar el tablao más alto de nuestra plaza: Un recuerdo especial para mi tío Juan Medina, ganadero, amante de Segura y de sus fiestas, segureño activo e implicado en la vida de su pueblo, y para tantos otros, que sentiremos durante estos días en nuestra plaza.

Esta noche, humildemente os pido permiso, para hablar de la capea de los Hermanos Maya Casquete, los Garzones. Recuerdo el trasiego de mi madre y de mis tías Mercedes y Carmen ultimando los preparativos, para la celebración de la capea en el campo. Y recuerdo a mi padre, a mi tío Antonio y a mi tío Pepe salir antes del alba para separar las vacas que iban a traer a la plaza.

El día de la capea, las vacas venían andando por el camino de Juanadame, acompañadas con caballos. Muchos segureños ayudaban y venían andando tapando portillos y caminos para evitar que alguna vaca se escapase. Estampa de Capea, perfectamente dibujada por mi primo José Francisco.

Recuerdo también el intenso día de trabajo, mi padre en la “portá”, en esa “portá” que también entendía Nico y mis tíos en la “corralá”. Recuerdo a la vaca Cortijana, saltando a la fuente de en medio de la plaza; a la Liebre, que embistió a mi hermano Carlos; la bravura de la Careta, a la Malagueña, a la Bailaora, a la Jabonera y a tantas otras, cuyo ímpetu dio más de un susto a mis hermanos Fernando, Tomás y Salud.

Las vacas regresaban solas al campo, caminado por carreteras y caminos a lo largo de la noche. Mi padre y mis tíos dejaban las cancillas de las fincas abiertas, para que pudieran entrar pero, al día siguiente, nos contaban que varías vacas se habían ido a la finca del Gallo, otras al Barrero, otras a Correo y Peña, para ellos el día de capea continuaba hasta concentrar de nuevo todo a el ”ganao”.

Vaquera Mayor, Zagalas, representáis la inteligencia, la valentía y la belleza de la mujer segureña, y la ilusión, la frescura y la iniciativa de los jóvenes ,muchos de ellos organizados en asociaciones como Segura Joven y Juventudes Socialistas, que dinamizan y promueven la cultura, el deporte, y la diversión en nuestra Segura querida.

Paula, Pindi, Pilar, y las dos Gemas, disfrutad de éstas que son vuestras Capeas y sed embajadoras durante este año de las cualidades y valores que definen a la mujer y a los jóvenes segureños.

Un recuerdo muy especial para los segureños y segureñas que no pueden estar este año entre nosotros, porque sé que, estéis dónde estéis durante estos días, en cualquier lugar, en cualquier espacio, solo veréis tablas, maderos y sogas, plaza y calles de una Segura engalanada para Capeas y, estéis dónde estéis, solo escucharéis los ecos lejanos de canciones y gritos de una Segura emocionada. Desearos que el próximo año estéis aquí y disfrutéis de vuestras Capeas.

Con todos estos recuerdos y vivencias es muy fácil quererte, Segura. ¿Cómo no quererte? Si cuando vengo:

  • me saludan las sonrisas de los segureños y siento el abrazo blanco y estrecho de tus calles.
  • como no quererte, si el círculo de tertulia que forman mis amigas en los veladores de verano guarda mi lugar, mi espacio para compartir hermosos secretos y reír con sonoras carcajadas.
  • como no quererte, si aquí me esperan los brazos extendidos y el corazón abierto de mi familia, que me aseguran la más plácida de las estancias.
  • como no quererte, si me recibe la sonrisa amable de tu Cerro Gordo que me invita a pasear por el Muladar en atardeceres de infinita poesía.

Agradecer a mis hijos, mi marido, amigas,Isidreras y familia su apoyo.

Dedicarlo a los responsables directos de mi amor y arraigo por Segura: a mis padres. A mi madre, que hoy seguro que ha ocupado el mejor lugar de la plaza y a mi padre, allá en el cielo dónde estés.

SEGUREÑOS, SEGUREÑAS:

Que las campanas lancen sus sonidos al viento, que las almenas del castillo alcen su grito al cielo, que desde la torre del homenaje se lance el chupinazo que anuncia el inicio de las Capeas de Segura.

Mostrad vuestra mejor sonrisa, preparad calzado cómodo, que lata fuerte el corazón en estos días de la fiesta del Santísimo Cristo, en estas fiestas que nos embriagan el alma y nos encogen el corazón, en estas ansiadas y eternas Capeas que nos inundan de emoción y felicidad.

Felices fiesta, Segureños.

Mª Carmen Maya Medina

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