Segura de León


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Pregón Capeas 1977


En esta noche de septiembre, cuando el verano de lunas grandes y de soles desparramados toca compases de marcha y las vacas de nuestros campos olfatean el aire inquieto de la víspera y oyen el clavetear alegre de las troneras y tablaos, nosotros, los segureños, nos reunimos en esta plaza de tierra pero empedrada de historias y vivencias, para abrir la puerta de nuestras Fiestas Mayores de las cuales la llave es este pregonero que os habla.

En esta noche siento el estremecimiento de la gratitud y de la responsabilidad de ser un eslabón más de esta cadena de pregones pronunciados en Segura por personas de renombre y talla intelectual superior, pero tal vez no me aventajen en una cosa para mí importante; el amor apasionado por esta tierra y por este pueblo que tan dentro llevo en mis horas de lejanía.

Los pueblos son la base y el entramado de la sociedad. La historia de los pueblos, aparte de algunos jalones de protagonismo especial, está hecha, cuajada de vivencias y convivencias, de las aspiraciones profundas, logradas o no, de solidaridades humanas, de raíces hondas que ninguna mano dictadora puede arrancar y de costumbres seculares que las modas no pueden romper.

La historia de los pueblos está escrita en el alma colectiva de los mismos y ese alma colectiva tiene la belleza de lo auténtico, la frescura de lo espontáneo y las reciedumbre de las raíces afincadas, que los vientos bambolean y afirman. La historia de los pueblos como río subterráneo va por dentro y aflora como un guadiana manso por los ojos de septiembre, como en nuestro caso, en el abrazo hermano bajo la mirada serena del Cristo de la Reja y en la prolongación humana da ese gozo que arranca de la ermita y se hace explosión jubilosa en la convivencia única de las Capeas.

Segura esta cruzado por la vena soberana de la historia que forjó la unidad de España y por esa vena soberana también y caliente de sus costumbres, de su tipismo, de su hospitalidad, de su gracia, de la religiosidad que mana su Cristo y de ese saber divertirse con tesón castellano, con reciedumbre extremeña y con salero andaluz.

Mi pregón de esta noche quisiera ser el canto y el llanto de un pueblo que tiene una historia fecunda a caballo de los grandes Maestros que dieron personalidad a nuestra tierra. Una historia escrita y por escribir que debe llenar de orgullo nuestro corazón. Un pasado remoto, recio y pujante, pero tiene también un presente ensombrecido y un futuro con bruñidos nubarrones negros a menos que este país comience a hacer justicia y esta Extremadura despierte asumiendo su propio destino y su propio protagonismo sin concesiones al secular caciquismo y al fatalismo histórico que nos ha hundido en la bolsa del subdesarrollo y la marginación, a menos que los hombres y mujeres de Segura le echen imaginación y coraje para potenciar hasta la última posibilidad que nos quede.

Los pregones durante muchos años y en muchos lugares de este país eran cantos de sirenas adormecedores, salmos de alabanzas para la cosecha puntual y esperada del aplauso prestado y mutuo, piropos sin contenido en la jungla de los tópicos que hurtaban la realidad cruda de los problemas de todo un año.

Yo quisiera hablar de Segura sin concesiones a la galería y sin caer en la tentación del derrotismo por un lado o del triunfalismo por otro.

Venir a Segura es desenterrar las raíces profundas que llevamos dentro. Yo vengo a Segura y me vuelca el corazón cuando desde el alto de Flores contemplo el castillo airoso desafiando vientos y tiempos, porque el castillo es muñón de eternidad clavado en el tiempo, el castillo es historia de piedra dormida, el castillo es guardián de estrellas y sueños, el castillo es reto histórico de aquella inolvidable Academia, el castillo es el guiño de los siglos que le hace al paisaje, el castillo es la roca que nos dio confianza y seguridad en nuestra personalidad histórica, el castillo es el ojo vigilante de nuestra vida.

Venir a Segura para mí es desenterrar los años y encontrarme en el recuerdo con los pilares que forjaron nuestro caminar segureño: don Ildefonso Serrano, el sabio de Extremadura; don Manuel Medina, el padre de Segura; don Primitivo Leal, el mártir; don Jacinto, el maestro; don Antonio Casquete, el historiador; don Pepito; don José Moreno; el alcalde Nicolás Montero, etc…

Venir a Segura para mí es recordar su Semana Santa, única, y a sus personajes: El Paso, “el caracol”, los romanos y alabarderos, el ángel, "la Cachonda", el pregón de Pilatos, la matraca, el entierro de Cristo y los cantos de Convento y Merenguito.

Venir a Segura para mí es desandar caminos y encontrarme en la calle de la China, antes Cárdenas, después Teniente Guillén y hoy otra vez Cárdenas. Es desandar caminos y llegar hasta Ardila; Cardalana, Valdecorcho, Casas Viejas, Durana, Los Retazos, Aguilar, Mosquea y la Ribera. Campos de luz y soledad, abiertos al horizonte sin límites. Y evocar mi infancia campesina de los años cuarenta: los jornaleros escasos, los trabajos sin reloj en la muñeca, la “sacha”, la siega, la trilla, el respigar de legiones de funtecanteños tomando unas espigas por las cuales fueron a veces apaleados o unas bellotas, que como hijos pródigos se les negaban y eran el único alimento de muchas familias con el hambre por compañera.

Venir a Segura para mí es esclarecer mi transito de campo a pueblo, pisar por primera vez una escuela a los doce años, conocer los compañeros de entonces: Pablo Romero, ese valor desconocido de la música, Ramón González, Rafael Medina q.e.d., Manuel Pina Pretel, Manolín, Lorenzo y tantos otros golpeando las piñas por balones alrededor de un joven sacerdote con cabello abundante, rizado y negro que se llamaba don Carmelo.

Venir a Segura para mí es recordar a los que se fueron en el caballo de la muerte; a los que se fueron por los caminos de España y de Europa; Sevilla, Madrid, Barcelona, Montmeló, Suiza o Alemania. Recordar a los cinco mil habitantes en un censo que hicimos por los años cincuenta.

Venir a Segura para mí es desempolvar las risas y el jolgorio de las Capeas: los meses de entrenamiento en las tertulias, las incertidumbres y los permisos, la “tranca” y el señor Ramírez, guardián de nuestra enseña, es oír el tableteo afanoso de los “tablaos”, el peligro de las entradas, los caballos, las huidas, la capea mansa de los Jaras con algunos sustos como el del señor Roque, las bravas de don Antonio o las bravías de don Paco o la Viuda. Es recordar a la "Pepa", la hija o la nieta, la gacha o la ceniza.

Desvivir las capeas para mí es recordar a Guillermo, a Pepe el Chofer o Ángel, Tomillo o Boliche, con sus números “extra” que se perdieron. Es recordar y saludar a los que siguen al pie del cañón como los hermanos Sacristanes que año tras año acuden jubilosos o a Canuto eternamente joven con su trapo rojo.

Venir a Segura y en estas fechas es agrandarse el corazón y el sentimiento y la capacidad de convivencia y familiaridad.

Es acercarme a este Cristo moreno de Segura, con los brazos abiertos y la cabeza descansando sobre el pueblo, corazón de segura, tomando el pulso de nuestro palpitar, de nuestras penas y esperanzas, relicario, joyero y pulmón del espíritu.

Es acercarme a la vida, a los hombres de hoy, a la juventud de hoy, a la ilusión de hoy, unidos, enlazados, hermanados en la aventura torera, festiva y familiar que hoy como ayer el Cristo de la Reja se encarga de bendecir.

Es acercarme a los segureños de hoy con sus esperanzas y desesperanzas.

Es acercarme y abrazar a los emigrantes, presencia ahora, ausencia dolorida después.

El país camina entre zozobras y esperanzas hacia una sociedad democrática, pluralista y libre. Estamos escribiendo una historia nueva y soñamos con una sociedad más justa y más igualitaria en donde enterremos con repiques de campanas los privilegios y las injusticias, el dirigismo castrador y alienante.

Y en esa España soñada, una región, Extremadura: país de caciques que se multiplicaron como la grama a expensas de los desheredados de la fortuna; una región, Extremadura, paraíso de cotos con las lacras del absentismo; una región por los siglos olvidada y sólo recordada para sembrarnos las nucleares del progreso para otras regiones y de peligro para los hijos de la tierra; una región, Extremadura marginada del desarrollo nacional, porque aquí hemos sabido sufrir y esperar sin crear problemas de orden público a una Administración que muchas veces vino de caza, algunas con promesas inútiles y nunca a hacer justicia; una región, partida cultural, militar, judicial y eclesiásticamente, es decir con intentos de partir su alma para seguir sangrándola con comodidad y alevosía; una Extremadura en parte burlada por los propios parlamentarios popularmente elegidos que no luchan, que no se reúnen, que no se interesan de nosotros; una región, Extremadura, con sus hijos como "criados de Europa", como extranjeros en otras regiones que hablan, de libertad y de derechos humanos cuando piensan en vasco o en catalán sin agradecer ni respetar a los que dejaron sus sudores en su economía mimada por la Administración Central.

Y en esa Extremadura, un pueblo, Segura de León, que participa de las mismas amarguras, de los mismos problemas, de las mismas mínimas, penúltimas esperanzas.

Y a pesar de todo, aquí estamos, con aire de fiesta, sin renunciar a nuestros derechos y aspiraciones, pero dispuestos a que nadie nos arrebate nuestro amor al Cristo de la Reja y a la alegría de nuestra fiesta torera, hecha con la colaboración de todos y en especial de su alcalde que lucha afanosamente por su esplendor y quiere un Segura más digno; gracias a esos ganaderos que generosamente prestan sus vacas para que el pueblo goce y se divierta; gracias a un pueblo que sabe convivir y por eso las Capeas son fiestas democráticas, libres y populares, aunque no nos hayan incluido en la lista de fiestas populares de la región.

Y para terminar que mis últimas palabras sean para la "Vaquera Mayor" y sus "Zagalas", remate airoso y florón que se ha incorporado estos últimos años.

La "Vaquera” y “Zagalas" que con su belleza serrana ponen la sal y la sonrisa, el corazón enamorado de Segura, que representan y sintetizan a la sacrificada mujer segureña.

Que sus siluetas borden el manto de la alegría y sus rostros al aire de septiembre impregnen de ilusión y esperanza el corazón torero y castizo de Segura de León.

Muchas gracias.

Antonio Bellido Almeida
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