Segura de León


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Pregón Capeas 1979


Muchas gracias amigo Isidoro por esas palabras de elogio que has tenido para mí. Tú las has adornado hasta el punto de emocionarme. Le pediré al Santo Cristo serenidad y ayuda en este empeño por levantar el telón de nuestras fiestas.

Y empezaré queridos paisanos, agradeciendo a nuestro joven y flamante Alcalde su ofrecimiento para que hiciera el Pregón de este año; compromiso que tardé en aceptar, y cuando lo hice, sentí una gran responsabilidad y confianza en que mi adormecida vena de ganadero y mi vibrante nervio de aficionado, hicieran acto de presencia esta noche, y una enorme satisfacción al inscribir con ello mi nombre en la lista de pregoneros ilustres que me han precedido; entre los que quiero destacar a mi tocayo Bellido Almeida por aquello de que hoy hace dos años, en su Pregón, puso el dedo en la llaga nuclear de Valdecaballero que, en estos días llora toda Extremadura en Villanueva de la Serena.

Mi apoyo a nuestro electo Alcalde al que ya le debemos la señera idea de colocar en el centro de esta plaza, que hemos llenado de piedras blancas y negras, el artístico mosaico del escudo del pueblo, que se ha hecho con ello más popular, más nuestro. Para unos porque tuvieron la idea, para otros porque lo materializaron sentando sus reales sobre las piedras que iban colocando, y para los demás, porque nos gusta, porque esperamos que, ni las vacas ni los mozos se resbalen al correr. Porque esperamos más emoción en las carreras, al faltar esa tronera llena de agua que estaba en el centro, y porque esperamos que cuando las fiestas terminen, estemos también orgullosos, porque además de bonita, la plaza de piedras, como la vieja plaza de tierra, sirve para las capeas.

También quiero testimoniar mi agradecimiento al Alcalde saliente, a nuestro "viejo y querido alcalde de siempre", familia cariñosísima, gran aficionado y exquisito ganadero, del que quiero, buscando su sonrisa y la de vosotros, dejar constancia de algunas de sus obras.

Recordémosle, levantando ayer, con dolor de hijo y emoción de segureño, la antorcha caída de la alcaldía. Casi un chiriveje, de luto, tímido y serio, y que hoy con otros vestidos, con otros andares, nos ha proporcionado la mayor y mejor verbena popular de la comarca, aun cuando, para ello, tuviera que derribar el viejo paseo de tapia y tierra, y construir uno de cemento, donde al ritmo de las canciones de los Bee Gees como un solo Travolta, o al compás de unas palmas por sevillanas, baila hoy todo el pueblo.

Recordémosle, ya veterano Alcalde, conseguir para las capeas la autorización oficial del Gobernador Civil, y hacer con ello cenizas a la tranca, símbolo de la seguridad en la incertidumbre de nuestras fiestas y, hacerle después un monumento en madera, allá por donde las vacas vienen, para perpetuarla.

Que hace empedrar un rectángulo delante de la córrala y lo cubre de tierra, para comprobar los resultados, antes de empedrar la plaza entera. Que ha tenido el detalle de dejar a distancias típicamente características un recuadro de piedras de otro color, una loseta casi suelta con un clavo en el centro, para quitarlos con facilidad, hacer sin esfuerzo el agujero y plantar en el hueco un palo para una tronera o para un tablao. Detalles éstos que lo harán pasar a la historia del pueblo, como uno de los alcaldes que más se han destacado por su labor en favor de las fiestas.

Yo os pediría un aplauso para él.

Si a lo largo del año, constituye para nosotros causa de profunda devoción y entrañable afecto, la visita íntima, familiar y fervorosa que hacemos de tarde en tarde a la ermita del Cristo, lo es más en estas fechas en que celebramos sus fiestas religiosas, con el quinario y la solemne misa cantada en su Santuario y empezamos con este acto sus fiestas profanas.

Lo es en esta ocasión por la asistencia de toda la familia Segureña, que congregados aquí esta noche, rendimos popular homenaje al Cristo, que desde allá abajo, en su Ermita, nos contempla durante todo el año. Y que cada día en su fiesta, nos pone a mano el quite del chaval de la gorrilla de cuadros que siempre está allí, con sus carreras en tangente, a cuerpo limpio, con el trapo rojo recogido, que abre en forma de látigo, justo al pasar por la cara de la vaca, y ese hueco insospechado en la tronera, que pasado el peligro se rellena.

Todo Segura en sus fiestas, late con el corazón del Cristo. Segura late por el corazón del Santo, en una sístole y una diástole que mantiene vivo al pueblo, en un torrente de vida que a cada uno nos refresca. En una devoción que tenemos que exteriorizar más, cantando "Santo Cristo de la Reja, pendiente estás de una cruz". No solamente el día de su función religiosa casi saliéndonos de la Ermita, sino, todos los días en su quinario y convertirlo en otra explosión de júbilo fervoroso, como cuando la restauración de la imagen el año 64.

Debemos hacer de las fiestas religiosas, algo más nuestro, algo más popular, como hemos hecho con nuestro escudo. Quizás para ello, sólo se necesite, bajar el primer día del quinario, en competida puja, al Cristo de su altar, ponerle en un trono detrás de la reja, junto a la cancela y ofrecerlo al pueblo en besamanos. Quizás para ello, los amigos de las capeas debiéramos ofrecernos a su actual mayordomo para ayudarle, y organizar y reunir en una sola Hermandad del Cristo, la devoción por el Santo y la afición por las capeas. En una Cofradía, donde todos como hermanos y a su alrededor, hagamos más alegre nuestra devoción y más jubilosa nuestra acción de gracias, los días de sus fiestas.

Si en las fiestas religiosas, el protagonista, el gran protagonista de todo el año, es el Santísimo Cristo de la Reja, en las fiestas profanas lo es el Ganadero. No lo es ni la tranca, ni los tablaos, ni el guarrito frito; lo es y con todos los honores, el ganadero y sus vacas.

Lo es, ese hombre que unas veces, con botas altas y sombrero de ala ancha, entra a caballo con el encierro y, otras, cruza, casi furtivo, con su mascota parda hacia la corralá a las seis de la tarde.

Anfitrión postinero, hombre tremendamente generoso y espléndido, que ya por los San Roques, empieza a trabajar para nosotros, y está trabajando hasta después de San Francisco.

Todavía con la digestión de los merengues, el ganadero, tapa el portillo de la pared, repara la cancilla de la cerca. Aparta las preñadas, las parias y las que están más endebles para echarle de comer un sobrepienso.

Coge y ata al palo central del toril, a esa vaca vieja para reponerle el badajo perdido del cencerro. A la novilla berrenda, para aflojarle la correa del collar o ponerle campanillo nuevo. A la delgainina, para ver si tiene sanguijuelas y, a esa joía que se arranca, para aserrarle la punta de los cuernos.
Después y como para infundirles confianza, les echa por las tardes, junto a las piletas llenas de agua, unas gavillas de heno, para que al salir de la plaza, se acuerden del agua del heno y se vuelvan prontos a la finca.

Que el día de su capea, derrochando actividad, invita a familiares y amigos en el caserío de la dehesa, reúne sus vacas y empieza a empujarlas para el pueblo. En ese momento, como si el pueblo se personificara, la piara deja de ser suya y pasa a manos del pueblo. Pero no obstante suya es la responsabilidad, si por la tarde, la fiesta sólo tiene seis o siete vacas mansas y para él será el canto del clásico "ese toro no sirve".

Por amor propio y para que sus vacas, sí sirvan, el ganadero está en el camino, a caballo, en coche o andando para cuidar que todo salga bien.

Está en la córrala, ordenando la salida, entremetiendo las mansas con las otras y tratando de dejar para el descanso las mas bravas.

Está en la portá de salida, tratando de adivinar si el pueblo se divierte, si la vaca tienen fuerzas para otra carrera y abrir en el momento justo.

Está con la comisión de festejos, está con los amigos, con los ganaderos de ayer y los de mañana; está en definitiva, como esos famosos centrocampistas del fútbol, haciendo un juego sordo pero efectivo, trabajando para nosotros en una labor que, después, sólo los verdaderos aficionados saben apreciar.

La mayoría de las veces es todo su capital el que exponen, a lo largo de un accidentado día. Es una vaca que se parte una pata al saltar la pared para escaparse. Es la primeriza que malpare por el apretón que sufrió en la corralá. Es la que se lastima los cuartos traseros en el recorte que le hizo el mozo. Son, ésas que faltan al día siguiente.

Sin embargo, el ganadero, sigue entregando sus vacas, y en la primavera hace el herradero con el pretexto de ponerle el hierro de la casa, el número del año en que nació, pelarle el rabo para que espeleche bien y hacerle la señal en la oreja. Pero lo hace también para torearlas y dejar para cría no solamente las de mejoras hechuras, no solamente las de más trapío, sino también las más bravas para las capeas.

Yo he visto al ganadero de Segura. Yo he visto a mi padre, sacrificar los grandes cuartos traseros, los amplios pechos y la gran alzada de una érala de postín que mira con ojos de suiza, en favor de esa otra chiquinina que, empinando el rabo, echando la cara abajo y levantando las manos a la par se le arrancó berreando después de herrarla.

A esa becerra se le puso el nombre de Pepa, porque mi tio-abuelo Pepe, se confió creyendo que no llegaría al olivo y allí lo cogió. Lo bajó, lo pisoteó y lo llenó de baba queriéndole morder porque todavía no tenía cuernos.

Esa vaca, clásica de capeas, de manos y patas finas, de cuello largo y barriga escurría, le llegó a dar a la canal 200 kilos, cuando después de escaparse como era su afición, por los alrededores del matadero de Mérida, murió apuntillada.

Ese día murió algo más que una vaca en la casa de los Albas.

Si la vaca se llamara, Secretaria, Jeringuera o Joreá, la historia variaría muy poco, quizás solo el nombre del ganadero y éste fuera el de un hombre excepcional, ganadero de repuesto, que sin tener vacas, como dijo siempre (ahí está lo que hay), que sin estar en el programa, ha salvado, completando con las suyas, más de una tarde de capeas. Ese hombre es Benito Pina. Mi homenaje en él a todos los ganaderos porque ellos nos proporcionan, sin otro interés que su propia satisfacción, el motivo para poder hablar con orgullo de segureño, de la más Valiente Feria de Extremadura.

Y ya sólo me queda, el piropo gentil para las Vaqueras y sus Zagalas.

Denominación originalísima y certera, para Reina y Damas de Honor de unas fiestas que tienen como protagonistas una piara de ganado vacuno, una piara de vacas.

La Vaquera, Rabadana y Mayorala de la piara, y las Zagalas, sus Mozas ayudantes, guardan las vacas que los ganaderos ponen en sus manos y las guardan con sus sonoras risas, con sus cantes bulliciosos, sus bailes desenvueltos y sus miradas pícaras.

La Vaquera y sus Zagalas, son alegría y adorno de la comisión de festejos. Espejo donde se miran todas las mozas del pueblo. Monumentos vivos para admirar, brotes de mujer, pimpollos entreabiertos que cuajan en vistosísimas flores a lo largo del año. Tan así, que, pena da quitarles las bandas a las del año pasado, sino fuera porque al ponérselas a las de ogaño, comprobamos que en buena percha se cuelgan.

Y nada más. Larga vida al ganadero. Mi piropo para ti, Vaquera guapa Zagala hermosa.

Empiecen las Fiestas, que les echemos muchas carreras a las vacas y que el Cristo de la Reja nos guarde.

Muchas gracias 

Antonio Rey de Alba
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