Segura de León


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Pregón Capeas 1980


Vaquera Mayor, Zagalas, Señor Alcalde, queridos segureños.

Yo no quería alargar este pregón replicando a las palabras que acaba de pronunciar Antonio Rey. Lo primero que se me viene a la cabeza tal vez fuera decirle que es un embustero, porque ha exagerado más de la cuenta. Pero si yo dijera eso, indudablemente sería una falta de cortesía. Pienso que las exageraciones de Antonio se deben simplemente al afecto que me tiene, y esto precisamente es lo que yo quiero agradecerle en estas palabras antes de iniciar el pregón.

Con la emoción propia de un segureño y con el enorme respeto que me inspira esta plaza, corazón de Segura, síntesis de nuestra historia, marco inigualable de nuestras mejores tradiciones, me siento feliz por alcanzar hoy, venturosamente para mí, una de mis más queridas ilusiones: decir el pregón de las fiestas de Segura, anunciarlas a los cuatro vientos con voz firme y corazón alborozado, que no otra cosa es pregón que anuncio jubiloso y anhelante, lleno de exaltación, de recuerdo y de esperanza.

Anuncio de las fiestas, anuncio de las Capeas, noche de pregón en Segura. Las estrellas, en su sitio. Los tablaos y las troneras, conteniendo con respeto su voz de madera. El Castillo, un año más, después de 700, presidiendo la noche desde la Historia. La Vaquera y sus Zagalas, en el balcón, rivalizando con las estrellas. En el campo, el viento suave acariciando la verde copa de la vieja encina que cantara Gabriel y Galán. Bajo la encina, la vaca vieja que recuerda y la vaca nueva que sueña ilusionada. Y allí, en la esquina, la Tranca, con su viejo cuerpo lleno de épicas añoranzas y con sus brazos abiertos a la esperanza. ¡Cuántas veces fue nuestra pregonera, elocuente en su silencio, silenciosa en su elocuencia! Y a su vera, la figura de un hombre anciano, alto, enjuto, la barba cana, lleno de fuerza expresiva su rostro. El hablar, reposado y respetuoso. Es la noble figura de uno de los hombres más enamorados de Segura y sus Capeas: Ignacio Ramírez.

Acaba de colocar la Tranca, y en medio del formidable júbilo y del griterío atronador, Ignacio escoge el camino del silencio, calle de San Francisco y del Cristo abajo. Deja a un lado la nobilísima capilla de las Angustias, donde dice la Historia que se hacían muchos milagros. Sigue por el camino hasta el Convento que edificara el gran don Alonso de Cárdenas, se hinca de rodillas ante el Cristo de la Reja: “Señor, que no pase nada”. A los pocos días, finalizadas las fiestas, Ignacio vuelve a arrodillarse ante el Cristo: “Gracias, Señor. No ha pasado nada”. “Ya lo sabía”, replica el Señor. “He estado en las Capeas, Ignacio, entre vosotros, y siento que me duelen menos las llagas. Os he visto amaros, Ignacio, y me siento contento. Comprenderás que no podía quedarme aquí. Eran mis fiestas, Ignacio, las fiestas del Cristo de la Reja. Las fiestas del primer segureño”.

Y este año también vendrá el Cristo a las Capeas. Estará entre nosotros, en cualquier rincón de esta plaza.

Plaza de Segura, blanca como el merengue, vieja como la encina, joven como la esperanza, llena de vida y de historia, paradigma del arte popular, evocadora de gestas guerreras de nobles caballeros de Santiago, único escenario posible de nuestras Capeas, orgullo de cualquier segureño, legado del arte y de la historia que temo no sepamos conservar. Plaza de Segura, que te sientes enamorada cuando los tablaos galantemente ciñen tu blanco talle de Vaquera. Los tablaos, en su perfecta irregularidad tosca, realzan tu blancura y tu belleza y profundizan en el sentido histórico de tu propia personalidad.

Sí, esta noble madera, que se transforma en viva obra maestra de arquitectura popular por unos días procede de los mismos bosques que dieron suelo y cubierta al castillo más importante de la Orden en la provincia. A ese coloso de piedra que siente celos del Cristo por no poder bajar a las Capeas.

De los mismos bosques que cubrieron la ermita de las Angustias y la Iglesia Parroquial.

Y hasta aquí, hasta tus mismas entrañas, llegarán dentro de pocos días en recia y perfecta conjunción las vacas del campo de Segura, descendientes de aquellas que ya en el siglo XVIII pastaban en las riberas de Ardila, acompañadas de jinetes segureños, evocadores de aquellos caballeros del siglo XV, como Rodrigo Yagüe el del caballo castaño, Vicente Estébanez, el del caballo blanco, o Juan García Vicente el del caballo bayo.

Jinetes, vacas, caballos. ¡Ya vienen por el Pilarito! Expectación gozosa. ¡Ya están en las calles! Emoción contenida. ¡Llegan a la piedra resbalosa! ¡Sálvese quien pueda! ¡Y la plaza! Apoteosis de la gallardía, de la autenticidad, de la luz y del color, de la alegría de un pueblo que vibra en sus fiestas porque éstas son patria inmortal y voluntad de eternidad y de pervivencia. El castillo se asoma solemne por las torres de los Alcaides y de Miramontes. El Cristo y los segureños comienzan el goce de sus fiestas.

¡A encerrar que se va la tarde! Seis campanadas. El vaquero y los suyos invaden la plaza. Las vacas se intranquilizan, se arremolinan nerviosas. A borbotones entran en la corralá. El ganadero y el vaquero están muy contentos, no se escapó ninguna. Hoy no sienten el peso del insulto de quienes, cuando hay escapada, creen que eso entra en la juerga.

¡Para el ganadero y el vaquero, la Capea no es una juerga! ¡Es una tradición! ¡Es una declaración amorosa a su pueblo! ¡Es un servicio! ¡Es una entrega! ¡Es casi un rito!

Es un acto de amor tal que, cuando se sienten injuriados por haberse escapado las vacas y entrar sólo unas cuantas, se ponen tristes, pero sin odio alguno. Y exclaman: son cosas de las Capeas.

Por razones de ética elemental, excuso hablar de los valores del ganadero. Pero no resisto la tentación de exaltar la figura del vaquero, que muchas veces trae sangrantes los pies, y llega agotado, dolorido y triste, y pocos se acuerdan de él.

El vaquero merece un respeto imponente, y Segura está en deuda con estos hombres. Yo no pido nada para ellos, solamente que durante las próximas Capeas les rodeéis del mismo cariño que ellos ponen en traer las vacas, y que ese cariño compense su esfuerzo y su trabajo.

Y aquí rindo homenaje a tanto vaquero ilustre como ha pasado por la plaza: Manuel Brioso, aquel hombre legendario, que con sólo su voz mantenía a raya una piara de vacas. “Menene”, el poderoso y eficaz “Menene”.  Mariano, el arrojado y espectacular Mariano, que fue capaz sólo con el estallido de su honda, de volver a la corralá a la “Voluntaria” y a la “Malagueña”, dos bravísimas vacas retintas, hermanas por cierto, que salieron juntas de aquélla. Y por razones de afecto, nombro a mis queridos Luis y Francisco, y a Ángel y a Joaquín y a Antonio, porque los cinco se pueden llamar vaqueros y os aseguro que ponen en la Capea tanta ilusión como yo.

Las vacas han entrado en la “corralá”. La madera cae verticalmente y se va afianzando con el engarce horizontal de la soga. Las vacas permanecen entre retazos de Historia.

La puerta más liviana y débil, pero más importante de la Capea, ha quedado cerrada, custodiada por otro hombre no suficientemente valorado por el público: Francisco Hurtado Gata, “Zurraca”, sucesor de su padre en estos menesteres.

Este hombre realiza uno de los trabajos más difíciles de la Capea, aparentemente muy sencillo: abrir y cerrar la puerta. Pero hay que ver cuánto conocimiento del ganado, cuánta medida de las distancias, cuánto temple, cuánta fortaleza y cuánto valor se necesita para hacerlo bien hecho.

Y la Capea. Ésta ha sido ya descrita magistralmente por precedentes pregoneros, y es conocida de todos, por lo que es inútil anunciar lo que ya se conoce.

Aquí podríamos invocar nombres famosos de vacas, de ganaderos que descollaron en sus encierros, de mozos que llevaron la emoción a todos, pero las razones expuestas y en aras de mi proverbial brevedad, renuncio a ello.

Sin embargo me voy a referir en general a la vaca que nunca entró en la plaza. Hay un tipo de vaca, que por su nervio, por su temperamento, no resiste el enclaustramiento al que se la somete en el proceso de venir a la plaza. Es esa vaca independiente, díscola, normalmente brava, amante de la libertad. He conocido muchas vacas de este tipo. Es imposible traerlas por procedimientos normales.

Como símbolo de todas ellas dejo aquí el nombre de una que fue de mi padre, llamada “Liara”, berrenda en negro, ágil como un ciervo, que jamás pasó los Aulagares. Y hago mención de este tipo de vaca porque, en buena tradición capeística, también son necesarias. Ellas son las que mantienen uno de los ingredientes más brillantes de la capea: la incertidumbre.

Y acaba la Capea. Va cayendo la noche. Las últimas vacas, mezclando su cansancio y su cariño, entran por la cancilla. Se paran. La luna dora suavemente sus astas. Hasta sus sombras reflejan las emociones habidas en la plaza. Braman. El aire devuelve la respuesta de la becerra que creía perdida a la madre. Vuelven a encontrarse. La hija retoza. La madre la lame temerosa, y mientras la hija bebe ansiosa la leche retenida, la madre recuerda y aconseja:

“Cuando seas mayor, irás a la Capea. Sí, sé brava, pero noble. Hay allí un Cristo que no te dejará ser mala.”

Por eso, con razón, un pregonero amigo pudo decir un día desde este balcón: “qué bravas y nobles son las vacas del campo de Segura”.

Hasta las vacas que no vemos van haciendo tradición a la sombra de la encina.

Las Capeas no morirán. Nadie quiere que mueran. Y no morirán porque, siendo viejas, conservan, con inmarchitable ansia de pervivencia, el verde de la esperanza. El verde de la verde copa de la vieja encina.

Comienzan pues, queridos segureños, las fiestas del Cristo de la Reja.

Diego Casquete de Prado Jaraquemada
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