Segura de León


Quedan 110 días para las Capeas 2017
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Pregón Capeas 1982


Vaquera Mayor, Zagalas, Sr. Alcalde, queridos segureños y amigos que nos acompañáis.

Quiero dedicar este pregón a un segureño que nos dejó este año y que hoy, estoy seguro, nos contempla junto al Cristo de la Reja acompañado de Benito Pina, Leonardo, Ángel Casquete y tantos y tantos otros. Me refiero, creo que no hace falta ni decirlo, a Diego Casquete, ejemplo de amor a Segura y puntal indiscutible de las Capeas, incondicional servidor de su pueblo, del que fuera dieciséis años su alcalde, incansable investigador de su historia, entusiasta de las fiestas del Cristo de la Reja y, sobre todo, insigne ganadero para el que dar la capea era, según sus propias palabras, no una juerga sino "una tradición", "una declaración amorosa a su pueblo", "un servicio", "una entrega", "casi un rito”. Segureño que a lo largo del año contaba los días que faltaban para las Capeas, que dejó sin terminar una obra de teatro titulada "La Tranca" y para el que yo os pediría, pues creo que sobran las palabras, un sincero y fuerte aplauso.

Cuando acepté ser pregonero de este año, sentí una gran ilusión por lo que decir el pregón significa para un segureño amante de su pueblo y de su fiesta. Pero además fui consciente de que me enfrentaba a una fácil y a la vez difícil labor. Fácil porque es labor habitualmente ejercitada, sí, ¿que segureño no ha hablado emocionado a gentes extrañas, del Castillo, de Segura, de las Capeas, del Cristo de la Reja...? Creo que todos somos pregoneros a lo largo del año. Labor difícil porque cuando uno se presenta ante Segura en esta noche, maravillosa y esperada noche, en la que iniciamos nuestras fiestas y ve la plaza engalanada con la tosca y querida arquitectura de tablaos y troneras, adornada con la belleza de la Vaquera Mayor y Zagalas y acariciada por la suave brisa del mes de septiembre; se agolpan en la mente nombres de vacas famosas, de prestigiosos ganaderos, de vaqueros espectaculares, de mozos arrojados, de historias viejas como Segura y las Capeas, viejas como las encinas de nuestros campos y ahí, ahí es donde está la dificultad. ¿Cómo hablar a Segura de historias harto conocidas y repetidas? Pero… ¿cómo contenerse de recordar a la Ceniza, aquella vaca de Manuel Rey a la que Francisco el Espartero no creo que haya olvidado? ¿O a la Jeringuera, la Pepa o la Centella? ¿A personajes célebres como Menene, Juaniyo Roque, Zurraca, Canuto o Fermina, ya celebre en las capeas de las mujeres? ¿A aquellos hombres que a caballo o a pie hacían que las vacas más osadas entrasen en la Plaza? ¿Cómo no hablar del Pilarito, de la calle de la Fuente, de la Tranca, pregonera de siempre, pregonera silenciosa a la que hoy le disputan el puesto los tablones y cajas que anticipadamente se ponen en el paseo? Son nombres, lugares e historias que uno las siente como si las hubiese vivido aunque muchas de ellas las conozca, como cualquier joven de Segura, de oírselas contar a los viejos.

Es noche en la que el orgullo por Segura aflora y se hace un recorrido mental desde sus inicios hasta nuestros días, pensando en su importancia a través de la historia como cabecera de la Encomienda Mayor de León, en nuestra Iglesia Parroquial, a la que la incidencia de distintos estilos arquitectónicos le prestan una singular belleza, en el Castillo, del siglo Xlll, obra santiaguista, orgullo de Segura, del que tantas veces se ha dicho con aires poéticos que en estos días se viste de fiesta y que este año, por fortuna, ha sido rescatado del camino de la destrucción y luce glorioso su bella silueta. Se piensa en la ermita del Cristo, en donde antaño estuviera el convento de San Benito y cuyos muros son testigos de las penas y las alegrías, de las peticiones y de las gracias que allí damos al Cristo de la Reja, Cristo torero, corazón de Segura y apoyo constante de todo segureño.

Y cuando se repasan, aunque sólo sea brevemente, esas cosas, uno se siente importante. Importante por ser segureño, por la grandeza de Segura en la historia, orgulloso de sus monumentos y orgulloso de su fiesta que, como dijera Ramón González en su pregón, "son unas fiestas únicas para un pueblo único". Son las Capeas, pero no cualquier capea sino las Capeas de Segura de León de las que basta notificar su celebración porque, al menos en Extremadura, por su tradición y raigambre, son las únicas autorizadas junto a las de otro pueblo del que no recuerdo su nombre.

Sin embargo, junto a todo esto y a pesar mío, también se entremezclan tristezas. Tristeza por todos aquellos segureños que no nos acompañan porque un día tuvieron que marchar a buscar el pan en tierras extrañas más mimadas por la Administración. Tristeza por el elevado número de parados, doscientos a trescientos, que Segura tiene, por la sequía que azota a nuestros campos. Tristeza, en fin, por la problemática que Segura vive junto a toda Extremadura, región que parece ser considerada por los políticos una marioneta, un juguete, una niña a la que se engaña una y mil veces para que descanse tranquila en su inocencia. Región que se ve invadida por dos centrales nucleares que lejos de explotar sus riquezas las ponen en peligro junto a sus gentes. Están equivocados aquellos que sólo piensan en Segura imaginando la alegría y el bullicio de las Capeas. No, no siempre en Segura es fiesta, también tenemos problemas. Pero hay algo que está claro y es que Segura, Segura es nuestra. Y tenemos el deber de conservarla, de luchar por ella, de continuar su historia, de engrandecerla y se me ocurre, segureños, como sistema, que hagamos del ambiente de capeas algo perpetuo, perpetuo en esa bella sensación de unidad, en la ausencia de envidias, en el desinterés que nos mueve, en el afán por realizar las cosas que queremos... Que esas viejas historias, y no por viejas desdeñables, a las que antes me he referido, no nos hagan pensar erróneamente que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que nos sirvan de acicate, de estímulo a los segureños de hoy para seguir andando el camino y creo, que de esa forma lograremos conservar y mejorar nuestro pueblo y nuestras fiestas.

Quiero, en último lugar, hacer un brindis simbólico por esos hombres que hacen posible las Capeas, los ganaderos, hombres que exponen su capital para divertimiento del pueblo haciéndolo, además, con altanera sonrisa. Hombres a los que no siempre les demostramos el afecto y el agradecimiento que compense su esfuerzo, pero que son capaces de decir, como el día de la reunión de ganaderos tuve ocasión de escuchar a dos de ellos: "Nosotros mantendremos la fiesta salga el Sol por donde salga". Esas palabras encierran un afán de servicio, de entrega, un amor a Segura y a las fiestas del Cristo de la Reja dignos del respeto, la admiración y el aplauso de todos nosotros.

Sólo deseo, queridos segureños, que nuestras fiestas transcurran con el recuerdo del ayer que le dio raíces, con la alegría del ardor propio de lo que está vivo y con la esperanza del mañana.

Comienzan las fiestas del Santo Cristo de la Reja.

Muchas gracias.

Manuel Díaz Eugenio
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