Segura de León


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Pregón Capeas 1983


Vaquera Mayor, Zagalas, Señor Alcalde, autoridades locales, segureños y amigos todos.

Qué alegría tan grande me produce el ver vuestras caras tan llenas de ilusión al admirar esta hermosa plaza segureña ataviada con el típico traje de sus grandes fiestas, modelo original y exclusivo de los hombres y mujeres segureños, confeccionado con madera de pino y de chopo, el cuerpo ceñido y fruncido de tablaos, la falda plisada de troneras, tocada con ese hermoso ramillete de bellas flores segureñas nacidas y criadas a la sombra del Castillo y de la Iglesia que forman nuestras bellas Vaquera y Zagalas.

Llena, muy llena diría yo, de segureños y de amigos venidos de otros pueblos, alegres, contentos, bulliciosos, dispuestos a celebrar las fiestas de nuestro Cristo de la Reja, que en un gesto de humildad quiso vivir a los pies de nuestro pueblo.

Y al contemplar este espectáculo tan maravilloso yo te pido, Santísimo Cristo de la Reja, que una vez más me envíes un poco de tu fuerza y algo de tu elocuencia para poder responder decorosamente a este inmenso honor que me ha hecho nuestro Ayuntamiento al nombrarme Pregonero de tus fiestas; y así, de esa forma, con tu ayuda, poder salir airoso de este primer recorte de las Capeas.

Muchas gracias, Manolo, por esas elocuentes palabras de presentación, que aunque creo inmerecidas, me dan un poco de aliento para poder intentar salvar este difícil compromiso.

Y digo bien, difícil. Y si no, dime tú, Manolo, porque has sido pregonero: ¿No es difícil hablar en Segura y a los segureños de Capeas y decirles algo que ellos no sepan? ¿No es difícil en tan breve espacio de tiempo hablar de Capeas, cuando pasan unas, llegan otras y no se ha  dejado de hablar de la primera?

Cabalgando por estas últimas décadas como si fueran las tierras de nuestras dehesas, recordando los hechos más notables con que hilvanar este pregón, lo primero que noté fueron las ausencias. Ausencias de muchos segureños que de una manera u otra colaboraron en el engrandecimiento de nuestras fiestas. Unos, que emigraron a otras tierras. Otros se fueron para no volver. Pero... Dejemos los recuerdos, para que mi garganta no se ahogue y mi voz no languidezca. ¡Que quiero que hoy suene fuerte, alta, potente, recia, y que arrastrada por el aire en todas las direcciones de la Rosa de los Vientos, llegue a los más lejanos rincones donde haya un segureño, y poderles decir lo que ellos ya piensan: que Segura, nuestro pueblo, está ya en Fiestas y mañana, en la Plaza, la primera Capea!

Y es que ya esta madrugada, cuando vaya haciendo raya el alba, cuando los más “rezongueros”, aquellos a los que costó más trabajo dejar la verbena, la botella y la dama, vayan ya, medio somnolientos, camino de sus casas, se cruzarán con otros hombres que, al contrario que ellos, abandonaron la cama, porque la tarea que hoy les aguarda es fuerte: es traer las vacas.

Se reunirán con otros en la Plaza, pronto el café les aguarda. Detrás el coche, la carretera, el camino, más tarde la dehesa. Allí repartirán el trabajo: uno cuidará los cochinos. Otro ordeñará las vacas. ¡Hay que darse prisa, que el sol ya no se para, y cuando menos lo pienses hay que echar a andar con las vacas!

Mientras tanto, aquí, en la Plaza, se dan las últimas pinceladas. Se aprieta aquella soga, se clava la última tabla. ¡Ya las casas se abren, ya cobra vida la Plaza! Ya se tapan las esquinas, ¡pronto van a venir las vacas!

Todos queremos ver la entrada. Desde aquel niño pequeño que con el palo en la mano corre hacia el Pilarito para no perderse nada, al anciano, que sentado en un sillón a la sombra del parrón del corral de su casa, quebrantada su salud, encorvada ya su espalda, también quiere ver cómo vienen las vacas. Y al oír que vienen por la Cañada, se levanta, mira, piensa y exclama, con dos lágrimas en la cara: ¡Cuántas veces he traído yo las vacas!

Las vacas vienen tranquilas. Los caballistas las guardan. El vaquero las sigue con la honda preparada. Se oyen voces lejanas: son los segureños que ya divisan las vacas. Y cuando más despacio marchan, surge la vaca berrenda que se acuerda de la cría, barbea la pared y escapa.

La pedrada, el estacazo, el caballista que corre, pero ya no la para. Entre los olivos se pierden el caballista y la vaca.

Entre caballista y vaquero han logrado dominarla, y Aulagares abajo la vuelven a la piara. Aquí, en la Plaza, se habla de escapada. La gente se intranquiliza. ¡Parece que ya se tardan!

Los chiquillos que corren con su grito de alarma: ¡Por el Pilarito vienen, ya se acercan las vacas!

Y en la Calle de la Fuente, en estos días tan mal llamada, porque debería llamarse la Avenida de las Vacas, los segureños admiran cómo el vaquero trabaja, y cómo la gente corre para llegar a la Plaza.

Después, ¡el espectáculo! ¡La entrada! ¡Y surge ese río humano que nace en la esquina de la Farmacia, y que segundo a segundo se va convirtiendo en riada, hasta que la Plaza se inunda de gente, de caballistas y vacas!

Y en el balcón de una casa, la cara de una morena que se vuelve blanca porque el mozo que la quiere corre delante de aquella vaca que en la entrada, demostrando su bravura se le arranca, y deja sola la plaza.

Ya se consumó la entrada. Gritos, palmas, comentarios, el círculo de gente que se aprieta en derredor de las vacas. La gente se intranquiliza y poco a poco va despacio abandonando la Plaza.

La Plaza ya está sola. No se ven más que vacas y palos. Nuestro ideal se ha cumplido. Ya entraron las vacas. Cuando quedo solo me recuesto en un madero, para analizar la entrada.

Quiero profundizar, llegar a lo más hondo de sus entrañas, porque es tan bello ese momento que tiene que traer dentro algo importante, un mensaje grande que perdure en la vida de nuestro pueblo, porque no puede quedar la entrada en sólo un largo y bello movimiento.

Os he hablado de un ideal cumplido, pero ¿con qué medios? La inteligencia y el trabajo.

Primero la inteligencia: se piensa cómo, de qué forma, por qué camino hay que traer las vacas. Se tapa aquel portillo, la pared aquella está baja, hay que cambiar el camino porque la vaca fulana todos los años se escapa...

Cuando ya todo está pensado y la Capea se pone en marcha, el trabajo. Pero con fe, con entrega, con ilusión, con sufrimiento, con ganas. A nadie le duele nada, nadie se queja. Y si le duele se calla porque hay que entrar con las vacas.

Si estos medios los utilizásemos nosotros en la vida cotidiana, primero la inteligencia, después el trabajo, o lo que es lo mismo, el cuerpo y el alma, estoy seguro que si luchamos como en la entrada, fe, entrega, ilusión, ganas, seríamos en poco tiempo capaces de hacer de Segura el pueblo ideal de España.

De pronto, ¿qué pasa? Aquella vaca se arranca, corta mi meditación y tengo que salir de la Plaza. Y cuando me encuentro fuera, me encuentro con otra fiesta, la de las copas y las tapas.

También hay que hablar de ella. Dice el diccionario de la lengua castellana que pregón es la publicación en voz alta de alguna cosa que queremos que todos conozcan. Pues bien, las razones culinarias que hay en Segura hay que publicarlas, que no sólo va a tener fama la paella valenciana.

¡Aquí se guisa el bacalao mejor que en Vizcaya! ¡Y el guarrito frito, que el olor llega hasta el alma! La chacina, el jamón, los picos de costillas, las migas o la caldereta hacen una lista de tapas que a mí me gustaría saber qué pasaba si alguien fuera capaz de poner esa carta en un bar de la Calle de Alcalá o de las Ramblas.

Entre copa y copa, entre tapa y tapa, entre comentario y sevillana se va pasando el tiempo. La cabeza por el vino anda nublada. La gente va llenando la plaza. En los tablaos el “a encerrar que se va la tarde” se canta. Y cuando las campanadas del reloj suenan, el ganadero da la orden de encerrar las vacas.

Y cuando todo está preparado para empezar la Capea, me acuerdo de aquel enorme poema de Don Manuel Machado titulado “La Fiesta Nacional” del que podríamos extraer algunas frases para describir el principio de la fiesta:

“Salta la vaca a la plaza, bufa, ruge, acomete rebramando. Da comienzo el primer espectáculo de Segura de León”.

La vaca ya está en la arena. Ya de miedo grita la gente. Ya se aprietan las troneras. ¡Y cuántos nombres de vacas se han hecho famosos con tantas carreras! ¡Y qué Capea se organizaba si pudiéramos traer juntas la Pepa, la Secretaria, la Centella, aquella vaca que cinco tuvo en el suelo antes de dar una vuelta a la Plaza! ¡La que se entró en el Casino! La Jeringuera -¡qué vaca!- . La Fandanguera, que entró pintada... Cómo le aplaudisteis. Os tengo que dar las gracias.

Después de descansar y de refrescar la garganta, la Joreá, la Zurrona, la Jabonera, aquella vaca negra que nos hizo confundir cuando cogió al de Bodonal la sangre con el tomate, y cuando vamos llegando al final hay que recordar aquél del año 63 que dieron tres vacas juntas en la plaza: la Artillera, Taconera y Bolita. ¡Qué miedo nos hicieron pasar!

Pero la Capea no queda en eso. En el transcurrir de ella, como si fueran las especias con que se guisa la caldereta, surgen una cantidad de incidentes que influyen en ellas. Todas las tardes son diferentes, y según sean, pueden hacer que la Capea quede en triunfo y en fiesta, o en fracaso. Y entonces se echan por tierra la voluntad y la entrega de ese ganadero que puso ese día todo su empeño en complacer a la gente de su pueblo. Eso se olvida pronto, y os puedo asegurar que no será por culpa de los ganaderos el final de las fiestas de Segura.

Hay otros males que dañan la fiesta: el dinero (cada vez cuestan más). La masa tan grande de amigos que vienen a ver las Capeas y que por desconocer las reglas que la tradición tiene marcadas, al no cumplirlas, dañan la fiesta.

Nosotros, los segureños, tenemos que tener preparada la medicina para que curen las heridas de la fiesta. Se encierra, como si de un frasco se tratara, en una palabra: colaboración.

Hay que conservar las fiestas porque, aunque otros, en otros lugares, traten de imitarla, es única en España entera y porque, cuando en Segura se viven los días de la Capea, sin darnos cuenta, estamos recibiendo una lección de libertad, solidaridad y democracia.

Cuando la noche va extendiendo las sombras por las calles de nuestro pueblo y yo vuelvo a casa al  terminar la Capea, al torcer la esquina, me encuentro con la otra cara de la fiesta. Son amigos. Una familia entera que ha echado el día de rezos, allá abajo, en el Convento. Le pidió a nuestro Cristo que se quedara con ellos, para darle las gracias por un favor recibido y rezarle un credo.

El Cristo les dio gusto, se quedó con ellos, allí, a los pies de nuestro pueblo. Pero para que no se echara de menos en la Plaza, dejó la señal de su cruz hecha de sogas y de maderos en todos los tablaos de la Plaza del pueblo.

Y tú, vaquera bonita, segureña guapa, permíteme que te dé un consejo. Pero no te pongas colorada, no te sonrojes, mujer, que no pasa nada. Si mi mujer está ahí dentro y no se enfada.

Cuando ya pase el tiempo,
cuando tú abuela seas
y juegues con tus nietos,
allí en tu casa, junto al fuego,
cuando se cansen del juego,
no se te ocurra contarles un cuento.
Háblales mejor de tu pueblo.
Diles que fuiste Vaquera
en las fiestas del pueblo
y que un hombre con canas
te piropeó en el Ayuntamiento.

Háblales de las vacas,
de las Capeas, de los vaqueros.
Hay que conservar las fiestas,
enséñaselo a tus nietos,
para que cuando ellos crezcan
y ya pase más tiempo,
las niñas quieran ser vaqueras,
los niños quieran ser toreros.
Hay que conservar las fiestas,
las Capeas de nuestro pueblo.
Que si la Capea se acaba,
se muere este pregonero.

Eduardo Casquete de Prado Jaraquemada
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