Segura de León


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Pregón Capeas 1984


Al enfrentarnos todos al reto de pregonar y disfrutar de estas fiestas, herederas de las ferias medievales que instituyó el Gran Maestre Pelay Pérez Correa, resulta difícil sustraerse a la tentación del liricismo, o a la de trivializar la forma y el contenido de unos acontecimientos anuales que, si por una parte, pueden inscribirse entre los que configuran la vida ordinaria de una comunidad, por otra tienen una trascendencia, quizás oculta para muchos, que rebasa con creces la dimensión de lo que es ordinario y normal.

Ocurre, en efecto, que los hombres y pueblos, en este ocaso del siglo XX, impregnados de maravillas técnicas y de frías razones que tratan de conducirlos hacia ignorados destinos materiales, son algo más que materia. Son organismos vivos, relacionados entre sí, hijos de la naturaleza, y herederos de la historia y de los comportamientos de innumerables generaciones que les han precedido en el uso y disfrute del solar patrio sobre el que desarrollan sus vidas actuales. Los hombres y los pueblos, aun en este mundo nuestro de insolidaridad y egoísmo, de esquilmadora explotación de los bienes naturales, de  rechazo por lo que no es mera conveniencia, de sentimientos apagados y pálidos, de frustraciones múltiples y continuas por el diario y brutal choque entre ilusiones y realidades, siguen conservando en el fondo de sus almas el recuerdo de una vida más plena, más rica en sensaciones y asombros; menos escéptica, más espiritualizada; menos tecnificada y más natural.

Pero, de ordinario, las necesidades y los mandatos imperativos del vivir de cada día sepultan en las profundidades de la intimidad de pueblos y personas, aquellas aspiraciones y todas las ilusiones de que son capaces hombres, mujeres y niños, para dejarlas salir a la luz pública solamente en muy contadas ocasiones, bajo el disfraz de fiestas o juegos, como si las fiestas y los juegos, que tanto da una cosa como otra, no fueran parte de la cultura ancestral de los hombres y los pueblos; como si fueran algo trivial o sin importancia, cuando en realidad, fiestas y juegos son fundamentales en la vida humana, no tanto como válvula de escape de sentimientos oprimidos, sino como manifestación externa de esa íntima personalidad que de ordinario permanece oculta y, sobre todo, como exteriorización de los sedimentos culturales que se han ido acumulando durante generaciones en el alma de los pueblos.

Fiestas y juegos son acontecimientos esenciales en la vida del hombre, no son meros incidentes, son la manera de vivir la vida de la mejor forma posible, porque, como ya dijo Platón, "la vida hay que vivirla jugando ciertos juegos; hay que sacrificar, cantar y danzar para poder congraciarse con los dioses, defenderse de los enemigos y conseguir la victoria".

Desde este apoyo excepcional que las palabras del filósofo nos proporcionan, podemos llamar a todos a la diversión y a la alegría; al canto y a la danza; al aprovechamiento ilusionado de estos días de fiesta; a la exaltación de la vitalidad que el correr y burlar toros y vacas proporciona y, en suma, a la comunión de españolidad y de extremeñismo que el peculiar carácter taurino de estas fiestas propicia.

No es, de ninguna manera, una casualidad que el elemento primordial de estas fiestas sea el toro, aunque en la forma de vacas o vaquillas o vacazas, que eso dependerá de lo cerca que cada uno tenga los cuernos de la res, porque el toro es algo consustancial con la cultura ibérica y el culto, los mitos, los juegos, las fiestas, las brujerías y hasta los espectáculos basados en ese animal, de quien alguien ha dicho que es el más noble y hermoso de todos, está, disfrazado o no, en el alma de España y en el alma de los españoles.

La misma Historia nos presta fundamentos para lo que decimos, al asegurar que solamente en tres lugares de la antigüedad hubo fiestas taurinas: Egipto, Creta y España, y nuestro propio conocimiento de la realidad actual nos confirma en lo dicho al comprobar que solamente en nuestro país siguen existiendo fiestas de toros. Fiestas en las que hay hombres que exponen su vida por el sólo gusto de demostrarse a sí mismos y a sus paisanos que la vida es algo más que un mero pasar por el mundo. Que merece la pena exponerla para que se pueda comprobar que el hombre puede actuar, y actúa en muchos casos, por motivos que trascienden de la mera conveniencia o de impulsos orientados hacia la satisfacción de necesidades perentorias. Para que se pueda comprobar que el hombre es algo más que una máquina de trabajar o un instrumento para servir a oscuros designios.

Pero los mitos nos dicen mucho más. Júpiter, el supremo dios de las mitologías clásicas, hubo de transformarse en toro para raptar a Europa. Y hasta Hércules, antecesor mitológico de los conquistadores, civilizadores y modernizadores extremeños que sacaron América de la "edad de piedra", desarrolló uno de sus trabajos, precisamente relacionado con el toro, en España: la muerte del pastor Gerión, un criador de ganado vacuno obligado a sostener y perder una guerra por el uso y disfrute de los ricos pastos del sur de España. El mismo Platón habla de la costumbre española de acosar toros, y son innumerables los lugares de nuestro país donde la fiesta de toros, en cualquiera de sus versiones actuales, es el plato fuerte de las fiestas mayores. No se puede olvidar tampoco el auge que tuvo, en la España Romana, el culto de Mitra, en el cual la ceremonia fundamental de admisión de neófitos consistía en una especie de bautismo con sangre de toro.

Todos estos mitos y recuerdos son, aunque no lo parezca, los impulsores de las fiestas. Frente al materialismo que invade nuestras vidas y nuestras costumbres, y hace prosaica y sin interés la vida de cada día, la memoria de otra mejor, no por antigua, sino por más colmada de plenitud, de goce de las cualidades esenciales de la naturaleza humana, de satisfacción de necesidades primarias de orden espiritual, de contacto y unión con las fuerzas oscuras que rigen el universo-mundo, que perdura en nuestras almas nos empuja a tener unas fiestas que nos permitan, durante pocos días, una especie de liberación con respecto a lo cotidiano.

Y no sólo de liberación, porque una de las frustraciones permanentes de la inmensa mayoría de tos hombres y mujeres que en el mundo han sido, y son, es la conciencia  que todos tenemos de nuestra propia pequeñez, de la escasa huella que dejamos a nuestro paso por el mundo. Si los hombres y mujeres fuéramos únicamente máquinas de producir, como se ha pretendido por ahí, la cosa no tendría mayor importancia. Pero somos algo más. Tenemos un alma que tiende a la inmortalidad y que, por ello, trata de perpetuarse en este mundo o, al menos, dejar constancia de su paso por él. Claro que cada cual tiene este sentimiento de forma distinta, pero en todos existe y para todos es válida la frase de Pompeyo, "Vivir no es necesario, navegar sí", que en muy pocas palabras expresa el anhelo de inmortalidad de los humanos, el deseo de que haya algo de nosotros, o de nuestras obras, que nos sobreviva y, en suma, el ansia de que la vida sea, más que nada, una herramienta de trascendencia.

Entiendo que conseguir una determinada peculiaridad, sea individualmente, sea en el plano de lo colectivo, es conseguir la trascendencia y es obtener una especie de patente que prueba la existencia de una personalidad fuerte y distinta, con todas las consecuencias que esto tiene. Un hombre, o un pueblo, con personalidad es alguien en el mundo; es alguien con capacidad para resolver sus problemas; es alguien con potencial para proyectarse en el tiempo y en el espacio en busca de la supervivencia primero, y de mejores condiciones de vida después. Es, en suma, una persona, o un organismo vivo, en la plenitud de sus cualidades humanas y apto, por tanto, para emprender y conseguir la búsqueda de la felicidad. Un pueblo con personalidad no se doblegará ante los tiranos, ni aceptará fácilmente los dogmas que cualquiera le proponga, sino que, reflexivamente, elegirá en cada momento lo que más adecuado le parezca para completar y hacer plena la vida en común; lo que sea más apto para que la dignidad humana luzca con todo su esplendor y lo que sea más apropiado para que la libertad de las personas se valore como bien supremo  de la convivencia.

Creo que en estas fiestas de Segura de León se dan todos tos ingredientes que hemos citado, componiendo una espléndida realidad, múltiple y una. Múltiple por tos varios aspectos que presenta ante la mirada de cualquier observador, y una porque, en definitiva, esos aspectos no son más que diversas facetas de una misma piedra preciosa: la personalidad de este pueblo.

Hay, en efecto, en estas fiestas, una larga tradición histórica, válida aunque hayan tenido diferentes realidades formales en el transcurso del tiempo; está también la memoria de los antiguos mitos, que permanecen en todos nosotros como herederos que somos de los remotos pobladores de la tierra de España; hay el deseo de vivir la vida de la mejor forma posible, tal y como corresponde a un pueblo viejo que cada día renueva sus deseos de vivir y de prosperar; existe, sin duda, el ansia de trascendencia y el impulso de comunicar todo esto al conjunto de la comunidad, como lo demuestra la feliz acogida que tiene cualquiera que venga a pasar estos días a Segura de León.

Todo ello os permite pregonar la excelencia de estas fiestas: todo ello nos empuja a realizar una llamada a la alegría porque al vivir las fiestas estamos reviviendo a las generaciones que nos han precedido, estamos haciendo unos actos en los cuales, desde donde estén, participan todos los segureños que en el mundo han sido; todo ello nos hace clamar ¡Vivan las fiestas de Segura de León!, porque aquí se tocan las raíces de la raza, y se conecta con las razones últimas que hicieron España desde mucho antes que los Reyes Católicos conquistaran Granada; todo ello nos hace gritar que ¡Vivan las gentes de Segura de León!, porque demuestran con hechos que, si estas fiestas son posibles, también Extremadura es posible si, como aquí, se juntan las ganas de vivir con los gustos tradicionales, y con el respeto a las exigencias de los tiempos que corren.

No es por casualidad que el nombre de Extremadura haya salido a relucir en relación con las fiestas de Segura de León. Y no lo es porque, en primer lugar, Segura de León es parte entrañable de nuestra Región, al menos desde el momento en que fue reconquistada por el Gran Maestre Pelay Pérez Correa, que no era extremeño, pero que intuyó, como nadie hasta ahora, la solución a los problemas regionales cuando en la jornada de Tentudía, al notar la declinación del sol sin que la batalla se hubiera decantado por sus armas, pidió a Dios que alargara el día para terminar el trabajo emprendido, dando así un ejemplo de voluntad, de perseverancia, de resolución y de confianza en las propias fuerzas, digno de ser imitado por todos los extremeños.

Por otra parte sucede que la cuestión regional extremeña está colmada de incomprensiones y de aristas que envilecen la convivencia entre todos nosotros, mientras que estas fiestas de Segura de León demuestran que aquí, en este lugar, muchas de las incomprensiones y de las aristas punzantes que podrían deteriorar las relaciones humanas han sido superadas. Sin embargo, en Extremadura ocurre que se ha repetido la exacta noción de lo que significa tradición histórica, tomándose de ella, y pocas veces, solamente lo superficial y anecdótico. Sucede, en Extremadura, que no hay memoria de los antiguos mitos que a todos nos afectan. Ocurre, en Extremadura, que no parece que se hagan esfuerzos para vivir la vida de la mejor forma posible sino, a lo sumo, para vivirla mediocremente. Sucede, en Extremadura, que falta por completo el ansia de trascendencia, mientras que el apego a las ruindades de la vida cotidiana es quien, aparentemente al menos, guía nuestro discurrir histórico por el curso que lleva hacia el futuro a los pueblos hispánicos. Ocurre, en Extremadura, que carece de pulso y de capacidad de comunicación, y de entusiasmo por implicar a los extremeños en la tarea común de hacer una Región que permita la convivencia organizada de todos, la solidaridad entre sus pueblos y un desarrollo social y económico que, sin perjuicio de la búsqueda de la prosperidad, propicie el establecimiento y el mantenimiento de relaciones óptimas entre nuestras personas y el medio ambiente que nos rodea. Y ocurre, en Extremadura, que no se cultivan las peculiaridades de nuestro carácter y de nuestras costumbres y formas de vida, mientras que se fomentan mimetismos tomados de lugares foráneos, muy respetables, sin duda, pero que pugnan con los sentimientos y las aspiraciones últimas de los extremeños.

El contraste entre las fiestas de Segura de León, con todo lo que comportan, y la forma en que están sucediendo los acontecimientos de toda clase en la región extremeña es, por tanto, y a la vez, motivo de pena y causa de alegría. Es causa de alegría, que a cualquier extremeño llena de satisfacción, el contemplar cómo se hacen aquí las cosas en las fiestas. Que la reina de estos días sea llamada, precisamente, Vaquera Mayor no puede por menos que colmarnos de orgullo y de cariño hacia un pueblo capaz de renunciar a títulos extraños, aunque de nombres sonoros, para preferir uno que reúne en sí mismo el triple homenaje a la mujer, que siempre es hermosa como símbolo de la perpetuación de la especie, que siempre es bella como fuente y destino de amor, que siempre es acogedora como remanso de paz y tranquilidad entre las agitaciones de la dura lucha por la existencia. Al trabajo como origen de la satisfacción que el hombre experimenta consigo mismo al dar utilidad a las habilidades y capacidades de que ha sido dotado por la naturaleza; al convertir, por su inteligencia y su fuerza, los dones de la tierra en bienes preciosos para sí y para sus semejantes. Y también homenaje a los orígenes: al pastoreo como principio de la civilización y como superación diaria de los inconvenientes que salen al paso de la conservación de una cultura ancestral.

Es también causa de alegría la facilísima comprobación de que estas fiestas de Segura de León giran, esencialmente, en torno al toro. Ese animal totémico, símbolo fundamental de la cultura ibérica, nexo de unión entre todos los hombres y pueblos que habitan en nuestra península, paradigma de la potencia reproductora de una raza, no sólo en el mero aspecto físico, que ya sería importante de por sí, sino en  lo que respecta a la capacidad para transmitir, durante generaciones, los anhelos de perfeccionamiento, de mejoría en las formas de vida, de respeto hacia la libertad y la dignidad de las personas, de totalización del hombre, de reconocimiento de que la especie humana está llamada a la realización de grandes empresas, de afirmación neta de que Extremadura saldrá algún día de su actual situación para ocupar en el concierto de los pueblos ibéricos un lugar de preeminencia al que sin duda tiene derecho.

Es causa de alegría ver cómo en este pueblo, blanco y alegre, se practica sin tregua ni desfallecimiento  el principio de todas las cosas: la puesta en práctica diaria, y hasta en las fiestas, como debe ser, de las creencias esenciales que impregnan el alma de los hombres y mujeres que componen esta colectividad. No hay disociación entre lo que se hace cada día y lo que se hace en las fiestas, porque en ambos casos el sentir de la colectividad es el mismo, como es igual la proyección de futuro que se genera por este pueblo en cualquiera de sus actividades. No hay diferencias entre el trabajo diario y la casi obligada relajación de los días de las fiestas, porque siempre, en el trabajo como en la diversión, se está haciendo futuro, se está procurando que las generaciones venideras se encuentren un pueblo mejor, un lugar donde vivir en el  que no haya más traumas que los indispensables, un lugar en el que las relaciones humanas sean el factor esencial de la vida ordinaria, un sitio en el que, salvando las lógicas ambiciones individuales, sea la comunidad quien determine las formas de vida, en un intento solidario de salvaguardar la felicidad de cada uno de los miembros que la integran; un lugar, en fin, donde se está almacenando y conservando la esencia de la extremeñidad y del españolismo como parte de la vida cotidiana.

En cambio, es motivo de pena contemplar cómo en Extremadura se abandona lo que es propio de nuestra tierra para adoptar modelos venidos de fuera que, de ninguna forma, pueden satisfacer las ansias de progreso, de bienestar, de trascendencia, de comunicación con la naturaleza y con los hombres que llevamos dentro de nosotros todos extremeños. Es motivo de pena, y de preocupación, ser espectador de la degradación de las fiestas patronales de tantos pueblos y ciudades de nuestra Extremadura, cortadas todas por el mismo patrón de la uniformidad, como si todos los pueblos fueran iguales, como si en cada uno de ellos no hubiera el ansia de emulación y de distinguirse del vecino que es connatural a los extremeños. Es motivo de pena, y debería ser motivo de reflexión, la forma en que se trata de conseguir algo así como  unas diversiones obligatorias y artificiales, sin participación activa del pueblo, que suerte estar representado por entes deshumanizados para los cuales hay intereses que están por encima de los que tiene el auténtico pueblo. Es motivo de pena la comprobación de cómo, en muchas fiestas extremeñas, la gente corriente, siempre dispuesta a la colaboración, se aburre o, como mucho, participa de forma automática, monta en artificios mecánicos o asiste a espectáculos prefabricados con un espíritu de resignación que es el más opuesto al auténtico sentido que deben tener unas fiestas populares.

Por todo ello, cuando en nuestra región está en marcha un proceso de degradación de las relaciones humanas, de deterioro de la unidad Hombre-Naturaleza, de olvido de las necesidades personales relativas a libertad y dignidad, es consolador que haya pueblos, como Segura de León, donde una hermosa mujer puede ser reina de fiestas auténticamente populares con título sonoro y lleno de reminiscencias ancestrales de Vaquera Mayor.

En estos momentos de confusión y de menosprecio hacia las más importantes virtudes humanas, las que hacen posible la convivencia entre los hombres y el progreso de la raza hasta los límites del Universo, es gratificante y esperanzador que haya pueblos, como Segura de León, donde se pueden producir en auténtica libertad, con la participación masiva de todos los miembros de la comunidad social, unas fiestas en las que se rinde culto a la Historia y se perpetúan los mitos que dan sentido a las conductas del pueblo; unas fiestas, que por el simple hecho de hacerse, están publicando a los cuatro vientos el deseo del pueblo de Segura de León de trascender de la mera vida vegetativa y dejar huella en el mundo; unas fiestas en las que relucen las cualidades más excelsas de la naturaleza humana: arriesgar por nada o, mejor dicho, por afirmar ante quien quiera verlo que el hombre es algo más que una máquina de producir bienes materiales, algo más que un muñeco animado obediente a consignas; unas fiestas cuya gran participación demuestra que se conservan en su total integridad las virtudes de los extremeños, personificadas hoy en "los nietos de los machos que otros días triunfaron en América”.

Pregonemos, pues, todos, las fiestas del Cristo de la Reja de Segura de León. Llamemos a los amigos, a los indiferentes y a los enemigos. Que vengan a Segura de León y contemplen cómo se divierte, cómo goza, cómo participa, cómo es solidario un pueblo en libertad.

Y hagamos también un pregón interior, hombres y mujeres de Segura de León: vamos a correr las vacas, vamos a cantar, vamos a bailar, con toda la alegría de que seamos capaces porque la vida es corta y es preciso dejar una huella en el mundo, aunque sea la leve pisada de la carrera ante una vaquilla.

Alegrémonos, hombres y mujeres de Segura de León, porque estas fiestas son una nueva oportunidad de poner al hombre vertical, cuando todo en el mundo de hoy tiende a ponerlo horizontal.

Alegrémonos, hombres y mujeres de Segura de León, cantemos, bailemos, corramos las vacas y bebamos el fruto de la vid, porque estas fiestas son la quintaesencia de la vida y participar en ellas es vivirla en la mejor forma posible.

Alegrémonos, hombres y mujeres de Segura de León, cantemos, bailemos, corramos las vacas y bebamos el fruto de la vid, porque en estas fiestas, con nuestra participación, estamos dando nueva vida a nuestro pueblo y nueva importancia al Hombre, “porque si el Hombre muere se apagarán para siempre las antorchas del Alba” como dijo el poeta.

Alegrémonos, hombres y mujeres de Segura de León, cantemos, bailemos, corramos las vacas y bebamos el fruto de la vid, acopiemos fuerzas para hacer frente a la adversidad futura, pero disfrutemos el presente que nos ofrece la magnificente sugerencia de unas fiestas singulares.

Alegrémonos, hombres y mujeres de Segura de León, porque las fiestas imponen una tregua de paz entre hermanos y vecinos, entre conocidos y desconocidos, entre todos los que asisten y toman parte en ellas.

Alegrémonos todos, gocemos y disfrutemos porque termina el verano y el invierno acecha.

Alegrémonos todos, gocemos y disfrutemos en comunidad y, de cara al futuro, que puede ser esplendoroso gracias a nuestro esfuerzo, digamos, ¡Que vivan las Fiestas de Segura de León! ¡Que viva la Vaquera Mayor! Y que todos podamos seguir disfrutando de esta gloria de Dios que son las fiestas del Cristo de la Reja.

¡Muchas gracias!

Joaquín Suárez Generelo
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