Segura de León


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Pregón Capeas 1985


Forasteros y segureños:

¡Buenas noches! Bienvenidos los que estuvieron fuera y gracias a todos por estar aquí.

En primer lugar agradezco al pregonero 1984 las palabras de elogio que me ha dedicado y que dudo si realmente merezco.

No resulta fácil a estas alturas hablar de Segura y de sus Capeas. Mis predecesores en esta tarea lo han dicho prácticamente todo. Por eso y en un afán por crear cantera, quisiera que mi pregón fuera una llamada de atención a ciertos sectores de la población segureña a los que yo considero pregoneros “en potencia", ya sea con sus hechos o con sus palabras.

Primeramente quiero dirigirme a esos segureños que van dejando atrás su niñez, y que al mismo tiempo que en su cara sienten las primeras visitas del acné, van sintiendo también que las Capeas son algo más que subirse a un tablao o sentarse en un velador, siempre bajo la vigilancia paterna; que son algo más que el año anterior, que ya no les llevan sino que van ellos solos y que son, sobre todo, algo que empiezan a planificar y a vivir como propio. Y también a esos otros que, navegando aun en su niñez, y algunos subidos ahora en los tablaos alborotando, ya juegan - en cuanto ven el primer madero por la plaza - a inventarse vacas que tienen por morros las manos y un palo que le sirve de cuernos.

Y les hablo a ellos porque muy pronto serán la savia para que este pueblo siga dando frutos. Y como uno de esos frutos son las Capeas, les pido que empiecen a hacerlas y a construirlas, que sueñen, al menos, con las cosas que en ellas ocurren, con correr las vacas, con encerrarlas, con traerlas a caballo, con recortarlas, con ser Vaqueras, con ser pregonero (aunque seas mujer), con ser alcalde o concejal y poder organizarlas. Que aprendan, que vayan aprendiendo a hacer troneras y tablaos, a distribuir maderos y tableros; que empiecen a sostener entre sus manos la herencia que van dejando sus mayores y que el olor a esparto húmedo, a tierra mojada y a madera quede impregnado para siempre en sus sentidos.

Quiero que me escuchen también los mayores, los padres y abuelos de hoy, sobre todo si sus hijos o sus nietos se educaron o nacieron fuera de esta tierra nuestra.

Sé que estos mayores ya no tienen la vitalidad de los jóvenes, sé que tienen otros problemas y otras aspiraciones, sé que el momento es malo, que cuesta sobreponerse. Pero también sé que cuando dicen esa triste frase de ''por mi esta año no habría ninguna” en el fondo no lo sienten.

A ellos no sólo les pediría que no dijeran cosas así, sino que además lea invitaría a que hablaran de Capeas, que cuenten sus anécdotas, los sustos propios y ajenos, las carreras de entonces… Que narren sus esfuerzos para poder ver las vacas desplazándose varios kilómetros - casi siempre a pie - tras faenas agotadoras: que hablen de los bueyes que llegaban a los tablaos, de las vacas que dejaron huella, de las tardes inolvidables, del miedo cuando las vacas se escapaban y aparecían a cualquier hora y en cualquier sitio.

Los que estén fuera que expliquen a sus hijos que dejando atrás los bloques de hormigón y subiendo a lomos de la serpiente de asfalto se llega al pueblo que, ahora en fiestas, corre las vacas. Y que vengan. Y cuando hayan venido no querrán irse y les dará rabia de que los colegios abran sus puertas en septiembre o de haber suspendido aquella asignatura, no sólo por el hecho del suspenso sino porque ademán la recuperación es en un día de Capeas. Y tal vez empiecen a soñar con volver, con conocer a esa familia que nunca tuvo interés para ellos, con ver de nuevo a aquel amigo, con encontrar esos lazos que le unían a esta tierra y que un día el destino se encargó de aflojar y casi romper.

Y que nunca olviden nuestros mayores que una historia de Capeas contada al fuego del invierno, bajo un olivo o sentado en la acera de la calle, mientras se esperan las vacas, es una historia que siempre escucha embelesado un segureño.

Por último quiero dirigirme a quienes no han tenido la suerte de venir alguna vez y este año sí la tienen. A ellos pido lo que a los demás, que cuenten lo que han visto, sin inventarse nada porque el relato en si mismo parece inverosímil. Que pregonen las Capeas allí donde se encuentren y que vuelvan el año que viene con nuevos invitados, mejor en septiembre, pero sino cuando puedan, que Segura es más alegre y divertida en Capeas pero hospitalaria todo el año.

¿Y cómo se puede pregonar la Capea? ¿Cómo se puede explicar a un niño o a un profano en la materia en qué consisten nuestras fiestas? Pensando en esos grupos de población de los que antes he hablado yo sugiero la siguiente forma do empezar:

Las Capeas son para mi una criatura, un ser, que aunque vivo en el recuerdo de los segureños, dormita casi todo el año para, con los calores del estío, despertar de ese letargo, incorporarse en su lecho y alcanzar vitalidad plena durante una semana a mediados de cada septiembre.

Esta criatura de lento caminar resulta de la comunión perfecta de un cuerpo y un alma, que la justifica y le da vida. Y ahora, dejándome llevar por los encantos da la anatomía, voy a describirles cómo se forma y se organiza.

Su cuerpo está constituido por el pueblo de Segura, llamándose segureño cada unidad funcionante. Quiero aclarar que por segureño en Capeas entiendo a todo aquel que trabaja y sirve a las mismas de una forma u otra, independientemente de donde haya nacido o esté residiendo. Este conjunto de individuos, mezcla de moro y cristiano, forma una masa heterogénea durante el año: los hay locos y extravagantes, y también cuerdos y virtuosos; los hay ricos y pobres, menos ricos y menos pobres. Viven, en fin, entre problemas, ilusiones y fracasos y tratando de encontrar de mil formas diferentes el camino que lleve, sino a la felicidad plena, si al menos a poder acariciarla aunque sea de tarde en tarde.

Pero este enjambre humano de pareceres dispares, se transforma súbitamente ante el sonido de una palabra mágica, la palabra "Capeas”. Y todo cambia en una semana. Porque a pesar de que los problemas, las dificultades, las tristezas y el paro siguen ahí, parece que sus voces no se oyen, como si quedasen apagadas entre los cantes de los mozos, las palmas por sevillanas, los chillidos de las mujeres, los compases de la verbena o el griterío de los chiquillos. Parece como si las Capeas formaran una torre de Babel donde las lenguas que hablan de tristeza o amargura quedasen confundidas.

Este cuerpo del que estoy hablando tiene diferentes estructuras que lo hacen funcionar:

Así existe un corazón, que para mi constituyen los ganaderos, ya que ellos son, sin duda alguna, la máquina que le da vida. Ellos, con su trabajo y sacrificio, se vuelvan con este pueblo, bombeando cada día - bien a pie, bien en camiones – casi siempre preciosa materia viva, ese alimento para el cuerpo que son las vacas, la sangre y el oxigeno de las Capeas, el elemento clave de esta criatura.

El cerebro, el órgano pensante, son todos los que organizan su desarrollo, fundamentalmente la Comisión de Festejos, Corporación, Asociación de Ganaderos y cuantos de alguna manera - casi siempre anónima - invierten parte de su tiempo en pensar como hacerlo mejor cada año. Son, pues, los que planifican, los que escriben, los que contratan, los que viajan y los que más se preocupan.

Esta criatura no tendría sentido sin los brazos y las piernas que le permitieran moverse y relacionarse. Y formando esta parte están todos los segureños, ya que todos colaboran para que su caminar durante estos días sea firme y decidido. Aquí está incluido desde el colaborador que vende o compra cupones hasta el casinero o comerciante, pasando por los que hacen troneras y tablaos, la Cruz Roja o sanitarios y los jóvenes que, con su trabajo diario, abriendo y cerrando portadas, tapando esquinas... permiten que día a día se alcance el objetivo propuesto.

Aquí todos son importantes, incluso el que no ayuda ni colabora tan solo por el hecho de estar, de pisar la arena de la plaza, de ser uno más, aunque sea más difícil entrar en la tronera. Pero quiero insistir en el papel de los jóvenes.

Este será el segundo año que trabajen agrupados en Peñas. Y Segura entera espera que lo haga tan bien como el año pasado. Creo que deberíamos estimular estas asociaciones que se llaman Peñas como podrían llamarse de cualquier otra forma, que independientemente de quien las haya patentado solo tienen un objetivo: luchar y trabajar por las Capeas y por crear y mantener cualquier actividad cultural que pueda realizarse en este pueblo.

Yo no os pido que le deis las gracias porque al terminar la Capea de cada día quita las portadas rápidamente y todos puedan irse tranquilamente a sus casas, ni porque tapen las esquinas para que ninguna vaca de un susto a nadie, ni que tampoco le agradezcáis el hecho de que gracias a su trabajo desinteresado el presupuesto sea más flexible y tengamos seis días de fiesta en lugar de tres o cuatro. Ni siquiera pido que los jóvenes que aun no están en ellas o los adultos que podrían estar -porque no hay limitación de edad-, se incorporen.

Solo os ruego una cosa: no las hundáis, no le pongáis zancadillas, dejadlas que poco a poco vayan tomando forma y contenido. Que la ironía y los golpes bajos queden para otro momento, no en Capeas.

Y falta darle una cara, una expresión, a nuestro ser de fantasía. Y que mejor cara que la de nuestra Vaquera y sus Zagalas, como síntesis de belleza de las mujeres segureñas. Una mujer de la que en un tiempo un gracioso -que dicho sea de paso debía ser bastante ciego y de apetencias sexuales poco claras dijo aquello que “en Segura mujer ni mula...-, y que hoy, sin embargo, ha cuajado y estilizado su belleza creando las hermosas criaturas que habitan nuestras casas y alegran nuestras calles cuando caminan por ellas.

Estas hembras con sus exuberantes cuerpos, sus atractivos rostros, con sus delicadas formas, inteligentes y femeninas, de mentes claras, y despiertas y tentadoras curvas, sacan de sus casillas a segureños y forasteros, ya sean jóvenes o adultos, incluso a los que sin ser ni una cosa ni otra, todavía tienen buena la vista aunque sus piernas necesiten el apoyo de un bastón.

Esta ha sido la descripción del cuerpo de este ser de ficción con el que he pretendido simbolizar la fantástica realidad que son las Capeas. Solo me falta hablar del alma.

Está en la mente de todos: el alma de las Capeas es el Cristo de la Reja.

Si las fiestas llevan su nombre no son, sin embargo, necesarias para recordarlo. Segura está impregnada de su presencia durante todo el año y no pasa un solo día sin ser visitado por multitud de segureños que, en continuo goteo, apenas si le dejan solo en su ermita algunos minutos.

Y es que independientemente de la forma de entender la religión o de la cuantía de la práctica religiosa, la devoción por el Cristo de la Reja es algo que anida en todo segureño. Yo he visto cono los jóvenes que generalmente no visitan con frecuencia la iglesia, cambiamos de actitud ante El y son muchas las veces que, casi sin darnos  cuenta, nos encontramos ante su apacible presencia.

Y el día 14, cuando bajamos todos a verle, en silencio, cuando nuestro pensamiento vuela hacía ese hijo, hermano o amigo que no ha podido venir, le invitamos a que venga a nuestras casas y a las calles, a compartir nuestra alegría y para que esté más cerca si una vaca se nos aproxima demasiado.

Y a esta criatura que ya rebosa vida por todos sus poros yo le digo: ¡Levántate y anda! Que empiecen las fiestas del Cristo de la Reja, emborrachémonos  de alegría y que el año que viene volvamos a vernos. ¡Muchas Gracias!

José Antonio Chávez Jaramillo
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