Segura de León


Quedan 110 días para las Capeas 2017
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Pregón Capeas 1987


Vaquera Mayor y Zagalas, segureños y visitantes de nuestra fiesta:

Ya el calendario ha desgranado uno a uno sus días y sus horas y anuncia de nuevo las fechas deseadas de los Cristos. Ya los estirados campos de Ardila, moribundos de sol y pasto seco, miran al cielo azul en ansias de lluvia presentida, al tiempo que la higuera derrama sus gotas de miel sobre la arcilla roja de los Pinales. Ya es septiembre. Ya es la hora bisagra de un tiempo que muere y otro que empieza renovado en el rito anual de la fiesta; es el tiempo de la juventud y la belleza, únicos que podrán romper el paso inexorable de los años en los momentos fugitivos del gozo festivo y la alegría compartida. Es la hora de alzar la voz de pregonero en nombre de un pueblo que se llega una vez más a sus vivencias más profundas, esas que todo segureño lleva inscritas en su ser, indelebles desde la cuna aquí a la muerte Dios sabe dónde. De esas vivencias nuestras…

¿Qué quieres que pregone
de los que sabes?
¿Qué quieres que te cante
de tu ser siempre?
¿Un Cristo en cruz abierto
a la plegaria leve;
un pueblo en fiesta brava,
una historia, un paisaje
de encinares y olivos,
de pinos enrejados
al caer la tarde?
Prestaré mi palabra
para que cante
la fiesta siempre joven
de un pueblo al aire,
la hermosura reciente
que trae su juventud
asida al talle.
Al hombre generoso
que da a raudales
su vaca y su dehesa
a plaza y calle;
Al forzado vaquero
que suda mil caminos
de polvo y celo.

Hay un pueblo que derrama sus siglos entre cumbres de casas blancas y mece sus tejados entre olivos y encinares; que añora el mar en la lejanía cercana de esos pinos traspasados de sol en la hora del atardecer dorado; un pueblo que se levanta en el panorama largo de los amaneceres de Ardila y anochece en esta plaza de encuentros bajo la cúpula estrellada de las noches veraniegas; todo un paisaje que se hace esencia en las piedras seculares del castillo, señor del horizonte, donde se encarama una historia nebulosa de tesoros de filigrana, celtas misteriosos, romanos de llanura, moros de traición y de castillo, cristianos viejos que reconquistaron sus tierras en medio de milagros solares y aún tuvieron fuerzas para engendrar nietos que alargaran su patria allende los mares, donde fueron a verter su sangre en la epopeya de la Conquista, cara esperanzada de la gloria y el maravedí y cruz eterna de quien tiene que mudar los aires para lograr el pan de la fatiga.

Al conjuro de esa historia y ese paisaje tiende Segura un camino escoltado de espinosas acacias y álamos añosos; un camino que respalda su andadura en la muralla tendida del castillo; río de plegarias y promesas que va a rematar en la espadaña blanca de la ermita, que remansa en el silencio de sus claustros pintados de historias franciscanas y asentados en el trabajo de misteriosos canteros. Y ya en su iglesia alza gloriosa la muerte redentora el Señor de la Reja, brazos desplegados al norte y sur universales, como brújula firme para mil caminos y veredas peregrinas, siempre holladas, lo mismo en las brumosas mañanas del invierno que en los amaneceres floridos de la primavera o en las tardes melancólicas del otoño de membrillo y tierra pincelada en los tonos pardos del arado y la lluvia recientes; son las huellas que terminan al pie de la cruz en ceras encendidas sin nombre o en poemas escritos en la ortografía sin reglas del corazón, agradeciendo favores de dolencias o de amor, curaciones del cuerpo y del espíritu.

Esas son las raíces que aquí echamos, las que nutren las vivencias que acuden en tumulto a nuestra mente, cuando se acerca el 14 de septiembre, tal vez más en la ausencia que en el disfrute recto de estos días. Al volver un año y otro año, una misma y misteriosa longitud de onda conecta a todos los segureños de nacimiento o de adopción con estos ámbitos de historia y emoción, que se concretan en el Cristo, la plaza, el Pilarito. A su reclamo, laten el corazón y la memoria al son terroso de la pica que busca ansiosa seis hoyos, seis heridas de madera en la vieja piel de nuestra plaza. Seis huecos para seis maderos enhiestos en busca del abrazo de la soga; y la parrilla de varales y las tablas y el tablao, tribuna tendida de emociones infantiles. Al son de la pica ahondando la tronera acompaña el eco repetido del martillo en la madera traspasada, golpe a golpe, bajo la mano cálida que releva el esfuerzo y la amistad y la ilusión de la fiesta a punto. Tabla a tabla, madero a madero, se alza esta catedral de madera, desvencijada, pero firme en las alturas que por abajo ajusta su cintura encalada al abrazo circular de las troneras.

¿Qué segureño no ha sentido esa emoción sin nombre al arribar a este escenario singular, tal vez después de cientos de kilómetros ilusionados y que al toque de las seis y al grito de "¡A encerrá que se va la tarde!" parecerá el más apretado tendido para el espectáculo único de nuestras capeas? ¿Quién en la distancia no lo habrá soñado, perdido en la rutina del semáforo y la contaminación?

Y hay un camino, símbolo o conjuro de las capeas; un camino por donde amanecen el sol y la dehesa, que llega a nuestra plaza por esa larga arteria de la calle la Fuente:

Camino del Pilarito
por donde vienen
la emoción y las vacas
cuando es septiembre.

Se otea desde la piedra resbalosa. ¿De quién son? ¿Por donde vienen? Ya vienen. Son las dos, las tres, las cuatro. Ya vienen. Amago en broma. La espera es larga. Baila la peña de turno. Tiempo de juventud y de vino en las bodegas. ¡Ahora! ¡Ya!. La carrera de los sustos; al fin un caballo y una vaca; vienen más: negras, blanquinegras, retintas; más carreras, estrechuras en la esquina, se avienta el río de gente; griterío multicolor en las troneras y en tablaos; empaque de caballos al galope... y el revoltijo de hombre y animales se desborda en el mar de madera de la plaza, entre palmas y saludos. Fue la entrada. Pasan perezosas las horas de la siesta; las horas de la copa y del amigo. Y son las seis. El coro infantil encierra impaciente desde los tablaos. "¡A encerrá que se va la tarde!" Ya llegaron los vaqueros. Honda leve y vara larga. A la corralá con ellas. Acoso en redondel. Remolino de cuernos en racimo polvoriento de vacas que entran, que no entran, que se vuelven, que resisten. Y una que entra. Entraron todas, entre aplausos de emoción, desbordada.

Ay, vaquero,
Échamelas muy bravas,
no tengo miedo.
Desde el tablao
dos ojos me están mirando;
son los que quiero.

Mil ojos clavados en la puerta de la córrala. Tarda en salir la vaca. Dos cuernos infinitos, entre el polvo y las tablas. Estampida de la vaca y de los toreros buscando la salvación de la tronera o el madero. Alguien se queda. Carrera larga y fuerzas que se acortan. Revolcón. Y Canuto, trapo rojo y alpargatas de seda, saluda más que quiebra la carrera de la vaca. Se fue por la portada, ha sido buena. Y ya otra que juega a la noria de los sustos en el portal o aprieta en el madero más delgado que nunca. ¿Y ahora?

Chillidos horrorizados de la parroquia femenina. ¿Qué pasa? Miradas a la tranca. Se ha salvado por la estrechura de la tronera, renegrida de polvo, de años y de sustos, una sotana torera.

Todo es viejo. Todo es nuevo cada año, cada tarde de capeas. Costumbre y rito, que quiere prolongar nuestra juventud apiñada en barrios y en sus peñas; la juventud que ayer mismo jugaba a las capeas, desde que echó a andar por las cuestas de Segura. Savia nueva para la tradición vieja. Renuevo. Son esos que…

Del castillo a la plaza
llevan corriendo
una horca de encina,
bandera al viento.
No es río desbordado
que son las peñas,
que a poner van la tranca
de las capeas.

Ay, peña del castillo
contigo fuera
debajo los tablaos
a hacer troneras.
Que de historia y de siglos
tienes tú piedras
que mil vacas a un tiempo
parar pudieran.

La peña de la plaza,
de centinela,
para guardar la tranca
de las capeas.
Su camiseta azul
de señoritos,
y "Aquí está lo que hay
del tio Benito.

¡Qué bien respira
la peña Monumento
las altas brisas!
Aires de juventud
que ya en la plaza
airean los tablones
con mucha gracia.

Al balcón va la peña
del Pilarito,
a ondear su bandera
de nogalito.
Con tal madera
no hay vaca que se escape
por las callejas.

Cuesta subir la cuesta
a la carretera;
para llegar a punto
a las capeas.
Pero en llegando
sogas, madera y vacas
las traen cantando.

La peña que en la cuna
correr sintieron
la emoción y las vacas
en un revuelo.
La peña de la Fuente,
agua bendita,
a las seis en la plaza
¡Ay, qué fresquita!.

Y arriba, en los balcones de la casa grande de Segura, presidiendo con el embrujo de la vida, de la juventud y la belleza, nuestra vaquera mayor y sus zagalas.

Un trono de maderas
le levanta mi pueblo
a su vaquera.
Almenada silueta
ha prestado el castillo
a su peineta.
Su pelo lleva
en los aires serranos
peine de seda.
Y la flor de la jara
espejo de blancura
para su cara.
Con azahar del olivo
y echá de encina
tejieron los primores
de su mantilla.
Orégano y tomillo
perfuman sus andares
de paso fino.
Una vaquera mayor
cuatro zagalas,
cinco hermosuras reinas
de nuestra plaza.

Ellas presiden nuestra fiesta, con los derechos de su carnet de identidad de guapas. Y yo lo hago saber de orden de la vida y de la fiesta, de orden de la vaquera: que mañana, en Segura, comienzan las capeas. Segureños, llevad el pregón a los cuatro vientos. Alzad tablaos, abrid el corazón y las troneras; agrandad el abrazo de la plaza a cuantos vengan. A los nuestros que se fueron y regresan al calor del Señor de la Reja, la familia y la capea; a los que vienen a saber del misterio que se encierra entre estos maderos en alto y estas tablas viejas. Son nuestras fiestas de siempre. Son las capeas.

Andrés Oyola Fabián
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