Segura de León


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Pregón Capeas 1988


Feliz noche amigos con los que me cruzo a diario, armazón humano de este entramado cálido y querido que es nuestro pueblo; amigos, aquellos otros que, con más o menos regularidad, estáis siempre aquí con nosotros dándole consistencia a ese pilar básico; amigo, tú que hace tantos años renunciaste a tus piedras por el hambre intransigente de tus carnes; y amigos que, sin ser hijos del pueblo, un incierto día aparecisteis por este singular anfiteatro de madera y tierra y desde ese instante sois como una espina entrañable que se nos ha clavado; amigos, en definitiva, de las Capeas que somos todos los que esta noche hacemos plaza.

Bienreunidos seáis en este primer acto telonero de nuestras fiestas.

Amanece septiembre
y un Cristo de sol y sombras
burla arrogancia y bravura
entre las rejas de la dehesa...

Amanecía septiembre cuando vio la luz este sencillo homenaje a la Tranca en una de mis primeras colaboraciones para la Revista de Capeas.

Hoy, cuando septiembre camina irremisiblemente con los serones dispuestos a recibir, tarde o temprano, el dulce peso de los higos, y nuestros polvorientos caminos levantan la vista hacia los membrilleros a la espera del premio de su amarilla aspereza; hoy me atañe la responsabilidad placentera de contaros las excelencias de nuestras fiestas.

Esta apacible noche quiero rescatar de entre las ficticias rejas de las múltiples dehesas que nos han tocado correr en esta vida el espíritu torero con el que ese Cristo de sol y sombras impregna durante todo un año a nuestros animales y a nuestras gentes y dejarlo escapar, cual campera caja de Pandora, por entre sogas, tablas y maderos.

Todo segureño ha soñado ser alguna vez pregonero. O vaquero o ganadero. Lo mismo que toda segureña ha querido ser Vaquera Mayor o Zagala. En resumidas cuentas, todos queremos ser protagonistas de esta Fiesta que con tanto arraigo vagabundea por nuestros adentros desde niños, cuando echamos los primeros dientes y los primeros malos pelos para convertimos en anónimas vacas que pateaban el llano retirado del "Convento", los complicados pies del castillo, las amplias eras de Santa María o las laderas, aderezadas con olor a pan caliente, de "Los Molinillos".

Infatigables vaquillas que hicimos entrada accidentada y ruidosa por las calles abiertas de "La Trinchera", "El Mulada", "El Pasai" o "El Pilarito"; para ser finalmente capoteadas en las improvisadas plazas del "Corra Concejo", "El Juego la Bola", "La Piedra Gorda" o "El Carrí Chico".

Madre, déjeme marchar con los otros
que tengo que ser vaca brava por las calles.
Registraré las troneras como un rayo.
En toda la plaza no habrá quien me contenga
y en los campos correré más que un lagarto.
Madre, déjeme marchar que ya mugen los otros
y restalla la honda de los vaqueros en el llano...

¡Cuantas gloriosas palizas nos costaron esas primeras capeas de fogosa chiquillería! ¡Y cuantos sofocones dimos a nuestros padres!

Un día crecimos y echamos ímpetu y coraje a nuestras espaldas para seguir comprometiéndonos con la Fiesta de una forma plenamente activa: cavamos la tierra, con las manos limpiamos el agujero donde luego irá el palo. Palo que, en la mayoría de las ocasiones, hemos acarreado sobre nuestros hombros. Después clavamos la tabla y subimos a lo alto del madero para engarzar las rústicas piezas que componen el tablao.

Estamos empezando a sudar la capea. Yo me atrevería a apostar que en esos momentos iniciales muchos gozamos más que luego en su propia salsa.

Clava la tabla y asegura el madero
que me han dicho que hoy son de cuidado.
Cuando salga a la plaza seré el más rápido.
Ágil como un gato registrando tejados.
Pero cuando las fuerzas me fallen
o el animal me gane por manos
quiero encontrar refugio seguro
en estas tablas que amarro y en estos palos...

Este hormiguero inquieto que sube y baja, carga y descarga, gatea, escarba, clava como un laborioso ejército es la más firme manifestación de la unión de un pueblo que luego formara parte de un ensamblaje perfecto de hombres, animales y elementos con una finalidad: hacer Capeas.

La fuerza, el ímpetu y el coraje tendrán su máxima expresión más tarde en la plaza, en la calle. En el escenario donde con más riesgo corporal se es protagonista. Luego, cuando las copas nos llevan (inevitablemente) a hablar de capeas, recordamos con énfasis y con orgullo, y si pudiéramos hasta con cicatrices, aquel revolcón que nos dio la vaca. O exageramos febrilmente esa ocasión en la que el animal se nos coló en la tronera o nos pasó tan cerca que hasta pudimos tocar con las manos su respiración.

Es el tiempo también de la aventura amorosa. Porque nuestros hombres lucen más osados y temerarios que nunca y nuestras mujeres resplandecen más guapas aventando al aire su frescura natural limpia de afeites y artificios. Por ese motivo y como botón de muestra elegimos cinco guapas soberanas que reinarán simbólicamente esta ostentosa corte en la que esta noche algún hada ingeniosa trocó el cuento de Cenicienta para calzar zapatos de madera en los pies de su princesa.

Tú, que naciste de los pies acompañando al arado;
para sus terrones huecos esclavizado,
corre a la muchacha que lleva el aire
de aceituna su boca, sus pechos aceitunados...

Tú, que naciste para la plaza de tu pueblo como un árbol,
y contigo son innumerables los plantados;
corre a la muchacha que lleva el aire,
de pan caliente sus pechos; su boca, pan dorado...

Los años no perdonan. Y la Capea tampoco. De pronto nos miramos al espejo y nos damos cuenta que nos han salido canas y miedos. Y posiblemente hasta algún nieto. Las fuerzas y las rabias de otros años nos han abandonado. Pero nos queda la sabia experiencia, el saber hacer las cosas. Nuestra capea entonces consiste en estar al lado de los más inexpertos, aconsejarles, guiarlos por el camino más llano evitándoles los sobresaltos y los tropezones que nosotros dimos. Es el momento para el recuerdo, la nostalgia. Tendremos múltiples anécdotas y sucesos con los que inyectar el ansia en los más jóvenes. Estaremos haciendo capeas de otra forma. Preparando un campo del que otros recogerán, a su debido tiempo, una buena senara.

La tercera etapa de nuestra vida y de nuestra capea que hoy os estoy pregonando pasa por ser un periodo de fe y devoción. De poner los ojos en ese Cristo que nos ha seguido, inmutable y perenne, a lo largo de este camino. Esa reflexión del guerrero cansado que ve acercarse la hora del reposo definitivo es la que nos hace encontrarle un sentido más profundo a la Fiesta.

Pero no es mi labor abrumarles con el paso irreversible de los años, ¡que soy pregonero esta noche señores!

Pregonero que publica a voz en grito
que, apenas se haga noche en el reloj,
echarán a andar las Fiestas del Cristo;
y hay un trotar de caballos por la calle la Fuente,
y hay un rumor de vacas por todo “marmeja”
desde que el Cristo es Cristo
allá en su Reja.

Quiero cantarte Segura
y ser pregonero en tu noche primera,
ser telonero de tu fantasía.
Venir y humildemente anunciar
la grandeza de tu noche torera
y el ímpetu vaquero de tu día:
la fuerza de tu gente al caminar.
tener la suerte gentil y certera
de ensalzar lo bueno y lo grande,
el alboroto, la inquietud, el gentío.
Decir que en la corta carrera,
cuando reina la tensión y el miedo se expande
se entremezclan en el pecho sudor y poderío.
Que, en la calle más larga y sufrida,
un suceso de ventanas se agolpa;
las manos estallan buscando la reja,
las cartas iguales igualan la partida,
la res poderosa muge y resopla
y el hombre ágilmente se aleja.
Que, encendido de candelas y lunares,
sube el bravo la calle arriba
arrimando pezuña, sangre y espuma.
Y en los altos, improvisados, altares
tragando polvo, vino barato y saliva,
hombro con hombro y mano con mano el miedo suma.
Que, luego en la apretada esquina
por donde no pasa nadie,
un pueblo se roza y se abraza
hasta que el animal está encima.
Entonces, un chillo unánime colma el aire
y la capea comienza en la plaza.

Fernando Garduño Maya
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