Segura de León


Quedan 270 días para las Capeas 2018
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Pregón Capeas 1995


Antes de comenzar, Emilia, quiero darte las gracias por tu presentación. Han sido muchos elogios inmerecidos, te traicionó la bondad. Bien sabes que yo sólo puedo aportar mi entusiasmo de segureña amante de su Cristo, de Segura y de las Capeas. Gracias de todas formas, tus palabras me han ayudado mucho.

También quiero agradecer a las autoridades la deferencia que han tenido conmigo al invitarme a pregonar nuestras fiestas. Quiero que mi ilusión y buena voluntad suplan mi poca elocuencia, os aseguro que pongo en ello todo mi corazón y algunos recuerdos que han dejado los años.

Dedico mi pregón a los que en este año nos han dejado, sobre todo a los jóvenes, cuya ausencia nos duele y nos pesa especialmente esta noche en nuestra plaza. Que la seguridad de que gozan en el cielo con el Cristo de la Reja nos haga más llevadera su falta.

Segureños, algunos de vosotros recordareis aquellas viejas sevillanas que decían: “que le digo yo a Segura que no le haya dicho nadie”. Hoy, al hilo de esa letra, me pregunto, ¿qué puedo deciros que no os hayan dicho ya los muchos y buenos pregoneros que, en esta noche mágica, sujetaron su emoción al igual que lo hago yo en estos momentos? Por aquí pasaron sacerdotes, licenciados, políticos, maestros, abogados, todos con un alto nivel de oratoria y casi todos segureños. Aquí se habló de nuestro Cristo con la devoción que todos le tenemos, de nuestra historia y costumbres, de nuestra gente, de nuestros paisajes y, principalmente, de nuestras Capeas.

Sólo pido al Cristo de la Reja que me eche una mano, que adelante este año su venida a la plaza, que venga con el capote de su elocuencia y de su don de gente y que me ayude, El sabe que lo necesito.

Después, Señor, como siempre,
quédate estos días,
nos harás falta.
Tú eres el Segureño
más antiguo en nuestra plaza
y nos tienes que enseñar
el truquillo de las vacas.

Las flores se marchitan en nuestra plaza mirando a la Vaquera y a sus Zagalas.

¡Hay que bonitas!
sus caras acarician
bellas mantillas.

Vaquera Mayor y Zagalas, no quiero extenderme en piropos que, dichos por mí, para vosotras carecerían de sentido. Estos días os los dirán y muchos.

Yo sólo os diré que en Segura no entendemos de mises, ni de medidas, ni de pasarelas. Solamente sabemos de Vaqueras, mujeres segureñas nacidas en Extremadura, una de las regiones más desfavorecidas de España. Estamos acostumbrados a ser firmes ante los vaivenes de la vida, fuertes como las recias encinas, inamovibles y erguidas como nuestro castillo.

Sed digna representación de la juventud segureña y cumplid bien vuestro compromiso, os elige un pueblo que en eso de mujeres tiene solera. Llevad con orgullo esas bandas y guardadlas siempre como un precioso trofeo.

¡Que bonita la plaza
con nuestras peñas!,
sus graciosos pañuelos,
sus camisetas
y, sobre todo,
la alegría que a raudales
rebosa todo.
¡Hay que penita tengo
de ser ya vieja
y no vivir la capea
con nuestras peñas!

Mi más cariñoso saludo a la juventud “guay” que tanto colorido y alegría pone estos días en nuestra plaza. Sabemos que lleváis al Cristo en el mechero, en el llavero, pero sobre todo en vuestro corazón. El día catorce, en simbólico brindis, levantad vuestro cubata y felicitadlo, habladle de vuestras inquietudes y de vuestros desencantos. Quizás algunas veces no sabemos comprenderos. Decidle que en ocasiones no sabéis que tiene otros nombres, pero sí que ningún segureño hablaría nada que pudiese ofenderle. Pasad unos felices días y que vuestra alegría nos contagie.

Que plaza tan bonita,
con que salero
te construyen en horas
los segureños.
Plaza con tal salero
y tanta gracia
que no la cambiamos
por la Maestranza.

Plaza de mi Segura, vayan para ti estos piropos. ¡Que perfecto diseño te hicieron nuestros mayores! No hemos tenido que enmendarlo en nada. Quizás hayamos modificado algunas cosas a nuestro favor, evitando las dificultades que tenían aquellos hombres que en minutos, con tablas y cuerdas casi inservibles, tapaban las “portás” con tal maestría que el que aquellas bravísimas vacas no escaparan parecía un milagro.

El progreso acabó con costumbres que eran casi como un rito. Aquellas viejas puertas que hacían de troneras se descolgaban de su lugar el día diez o el once, cual ceremonia transmitida de padres a hijos y nietos. Todas tenían su peculiar y particular historia que el abuelo, reiteradamente, contaba y exageraba a los nietos. Mirad, les decía, esta astilla se la quitó el toro Topete de don Curro, esta otra la Centella, de los Albas, ¡que vaca! La de aquí la arrancó la Polvorita de los Casquetes y esa de ahí una mansurrona de los jaras que día muy buen juego. De todas tiene una marca, de las pías de don Paco, de las berrendas de “El Veinticuatro”…

Mientras hablaba, el abuelo pasaba sus ásperas manos por la vieja puerta, suavemente. Acariciándola, como si de un pergamino se tratara. Los nietos, a pesar de saber de memoria aquellas historias tan repetidas, escuchaban boquiabiertos y lo veían casi como un héroe de las capeas. Por ello, muerto el abuelo, la abuela, junto a la puerta, mientras hacía calceta que urgía terminar para las capeas, al oír discutir a la hija con los nietos, le decía:

Pero déjalos María,
que se vayan con la puerta,
que es muy ancha
y sirve bien
para jacer la tronera.
Es la mesmita que antaño,
para los días de capeas
se llevaba el abuelo
que Dios tenga ande merezca.

Y se le escapó una lágrima que no tuvo que enjuagar porque se secó entre las muchas arrugas de su rostro. Temblándole la barbilla, susurraba una oración mientras los nietos con la puerta se perdían por la esquina próxima.

Desde este balcón se ha hablado mucho de vacas famosas, más no tanto de jinetes, caballos y vaqueros, como Menene, Señó Manuel, Pinea, Vicente, Señó Mariano y tantos otros. Aquellos hombres, con voz grave y maestros en el manejo de la honda, hacían que bravísimas vacas entraran en la plaza. Hábiles y expertos jinetes y caballos que cuando iban por los Llanos y tomaban el camino de turno, sabían de antemano las dificultades que habría de entrañar el ganado. Sorteaban diestramente las espesas piedras de granito de “El Baldío”, trotaban con señorío por las preciosas llanuras de “Tinoco” o de “La Lobera” y subían ágilmente las empinadas cuestas de “El Bujo”. Nada les detenía, no cejaban en su empeño. Los caballos sangraban por sus patas, arañadas por lacerantes púas apostadas entre el maduro y suculento fruto que, como cuentas de azabache, copaba las zarzas que saltaban y cuando alguna vaca escapaba, entre galopes, recortes y quiebros el jinete le decía:

¡Vaquita, vaquita brava!
no me busques más pelea
que quieras o que no quieras
tú vendrás a la capea.

¡Y claro que llegaban! Bajo el fuerte Sol de mediodía, alcanzada la plaza, sudor de caballista y caballo se confundían y, satisfechos, saludaban agradeciendo la merecida ovación con que el pueblo premiaba su hazaña.

El vaquero esperaba a la entrada de la plaza y restallando la honda reprendía su comportamiento a la díscola vaca que, rápidamente, se escabullía entre las otras con el temor de ser reconocida.

Encerrarlas era cosa fácil, los vaqueros, con voz firme, gritaban el nombre de las vacas en la seguridad de que obedecerían.

Toreadlas era más fácil aún. Por desgracias, y vuelvo a repetir por desgracias, les esperaban hombres con muy poca comida, menos bebida y mucha afición.

Le llega el turno a los ganaderos, hombres que hacen posibles las Capeas. Sabéis de las dificultades que tienen que superar con la prolongada sequía y la necesidad de seleccionar el ganado para que sea competitivo en el mercado. Ellos querrían traeros vacas bravas, pero han de someterse a unos análisis y, a lo peor, tienen quizás que sacrificar a la mejor vaca de capea.

No os podéis imaginar lo que les gustaría tener una buena capeas, hasta el punto que a uno de ellos, viendo una corrida, le escuché decir: “¡como me gustaría tener un toro de esos y sacar buenas vacas de capea!, no esos charolais insulsos que sólo sabes comer y dormir”.

Con su buena voluntad suplen los muchos problemas y sólo les queda la compensación de que, os guste o no la capea, le aplaudáis una vez cada trescientos sesenta y cuatro días.

Algunos quizás encuentren fuera de lugar lo que a continuación voy a decir, por lo que, de antemano, les pido perdón. En un ruego que le hago a mi hijo.

Hijo, mientras tu padre viva, aunque te den trabajo, aunque pierdas dinero, ten unas vacas bravas para traer a la Capea. Y cuando muera, no le guardes el luto obligatorio, trae las vacas a la plaza, que estoy segura de que los amigos de las Capeas le van a guardar un cariñoso recuerdo. Tú, grava en tu corazón el estribillo de una sevillana rociera que he arreglado para la ocasión: “ganadero sigue tú, que no se pierda esta herencia”.

Don Carmelo, el día que llevamos al Cristo de la Reja a su Ermita ya reparada, ante el fervor de un pueblo que pugnaba por tocar a su Cristo, con emoción, en su altar, usted le dirigía más o menos estas palabras:

“Te diré lo que te dijo el profeta Simeón cuando te tomó en sus brazos por primera vez en Jerusalén: Después de ver esto, cuando quieras puedes dejar morir tranquilo a tus siervos”.

En esta noche le ruego me permita hacer mías aquellas palabras para yo decirle: Señor, me has dado una vida relativamente larga, con cosas buenas y malas. Las buenas me las distes tú, las malas las trae la vida misma, y ya, que casi en el ocaso, en la tercera edad, me concedes el alto honor de pregonar tus fiestas, sólo me queda decirte que cuando dispongas de mi vida, la encontraré más que positiva.

Cuando pase un año llegará una nuevo Septiembre, el mes tan deseado por los segureños. Las vacas, allá en el campo, notarán que el pasto no cruje en su boca y unas gotas de rocío que perlan sus hocicos, fruto de las casi ya largas noches otoñales, les harán notar que va ha llegar la Capea. Este balcón y fachada serán, una vez más, adecuado marco para acoger a la Vaquera y Zagalas, tan guapas e ilusionadas como las de este año. Un nuevo pregonero, os deleitará con un pregón mucho mejor que el que acabáis de oír. Todo llegará, unos estaremos aquí, otros quizás no, si nos añoráis no pasáis pena que:

Nuestro Cristo de la Reja
tiene un balcón en el cielo
hecho con miles de estrellas
para que los segureños
que en la tierra lo veneran
desde el día trece en el cielo
presencien nuestras capeas.

¡Viva el Cristo de la Reja, Segura, su gente y sus Capeas!

Antonia Gata Maya
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