Segura de León


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Pregón Capeas 2005


D. Fernando Jerez OyolaD. Fernando Jerez Oyola.

Señor Alcalde y Autoridades, Vaquera Mayor y Zagalas, segureños y amigos todos: Buenas noches.

En primer lugar quiero dar las gracias a las personas que han pensado en mí para ser pregonero de nuestras capeas. Es para mi un gran honor estar aquí esta mágica y entrañable noche con todos vosotros.

Después de tantos buenos pregoneros como han pasado por este emblemático balcón, hablando estupendamente de nuestras capeas, me causaba un poco de respeto comparecer ante vosotros para pregonar nuestras fiestas, pues parece que ya esté todo dicho sobre ellas. Pero, pensándolo bien, las capeas se viven cada año con una renovada ilusión y por eso siempre habrá cosas nuevas que decir.

Yo quisiera hablar esta noche de las personas; de la gente que compone el entramado de este incomparable y extraordinario marco festivo, de todos mis amigos los segureños, en definitiva, de todos vosotros.

Como son muchos los grupos que intervienen para hacer posible las capeas; desde las Autoridades, Peñas, Comisión de Festejos, Vaquera Mayor y Zagalas y un largo etc., muy extenso para poderlo enumerar aquí; yo quisiera englobarlos a todos en tres grandes bloques, en los que todos los segureños estamos representados: Ganaderos, toreros y espectadores.

EL GANADERO es esa persona generosa y desinteresada que, a pesar de sufrir periodos duros de frío y sequía, con una climatología adversa, como la que hemos padecido este año, no duda en ofrecer su ganado, ese bien tan preciado para él y que es su medio de vida, para que podamos disfrutar de nuestras entrañables capeas. Esa persona que a lo largo del año desempeña una labor ardua y callada que pasa desapercibida para la mayoría; una labor dura y penosa, pero que tiene su recompensa cuando contempla orgulloso ese ganado fruto de su trabajo y esfuerzo.

Cuando las primeras luces del alba se despojan del negro manto de la noche y la rosada luz de la aurora va tiñendo de bellos colores los cerros y barrancos de la dehesa extremeña; antes que se oculte el lucero de la mañana y los primeros rayos del sol alumbren tamujos y retamas; ya está el ganadero segureño trajinando por cortijos y majadas: apartando becerros, curando vacas, remendando collares y aparejos entre suave olor a cuero curtido, tallando badajos de los campanillos del duro y resistente palo de una centenaria encina o seleccionando ilusionado las vacas que llevará a la próxima capea. El armonioso concierto de la Naturaleza le acompaña en su quehacer diario, regalando a sus oídos el susurrante sonido de esquilas y cencerros, cuchichear de perdices en los majanos, aflautado canto de mirlos y estorninos en los alcornocales y trinar de jilgueros y ruiseñores en los vallados.

A pesar del duro y penoso trabajo del campo, sin horarios ni sirenas que anuncien el final de la jornada, hay momentos irrepetibles que compensan el agotador trasiego de la dura faena: contemplar el milagro de la vida en ese becerrillo recién nacido, que pugna por sostenerse sobre sus frágiles patas, mientras busca animoso las ubres de su madre; admirar ese hermoso ejemplar de vaca berrenda que lame, tierna y cariñosamente a su pequeño retoño, arrullándolo con suaves mugidos y adormeciéndolo con el armonioso sonar de su bronceado cencerro convertido en sonajero; ver corretear esa pequeña novilla en cuya testa asoman unos incipientes pitones, y que ya se gira encarada apuntando dotes de vaca brava, que un día, no muy lejano, dará una buena tarde de capea; o sentirse orgulloso de ese tranquilo y noble semental de pura raza, que perpetuará la especie de nuestras mejores vacas. Pequeños grandes detalles que sólo pueden disfrutarse en la apacible bonanza del campo.

Cuando al caer de la tarde, el sol se va ocultando tras las redondeadas cimas de los cerros, y las sombras de la noche avanzan por las laderas de las umbrías. El cansado ganadero, impregnado de suave olor a heno, tomillo y poleo; cerrando las últimas cancelas y echando una última mirada a su ganado, que rumia apacible y tranquilo, se dirige a su merecido descanso; mientras cárabos y mochuelos salen de los troncos huecos de los viejos alcornoques, el zorro, el tejón y la jineta comienzan sus correrías nocturnas, y la fresca brisa perfumada de la tarde se convierte en poesía susurrando en sus oídos:

Ganaderos segureños,
que apacentáis vuestras reses,
del año los doce meses
en los campos extremeños;
veréis cumplidos los sueños
de traer hasta la plaza
aquella vaca de raza,
berrenda, negra o retinta,
o aquella novilla pinta
que apunta tan buena traza.

Ante tu insigne labor
hay que quitarse el sombrero,
tienes nobleza y valor
y das de ti lo mejor
generoso ganadero.

NUESTROS TOREROS no tienen nombres famosos ni se anuncian en grandes carteles taurinos a todo color, pero no hay figura del toreo que pueda igualar su estilo, su valentía y gracia torera en la plaza.

Pasan pocos minutos de las seis de la tarde y el encierro ha culminado tras varias intentonas fallidas. El olor a tierra mojada impregna el sofocado ambiente de un caluroso día de septiembre. Los gorriones alborotan con su incesante piar, como una guardería de revoltosos chiquillos, refrescándose en la arena mojada; las palomas se arrullan por los tejados y un cernícalo planea sobre la vertical de la plaza, dispuesto a no perderse una buena faena.

Los toreros más valerosos e intrépidos se dirigen a la puerta de chiqueros, que aquí ha tomado el nombre de corralá, para esperar la vaca a porta gayola, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, los nervios en tensión y la vista clavada en las grandes puertas de madera.

Aquí no hay capotes de grana ni muletas de franela, (si acaso algún trapo "colorao" o alguna sotana torera) no hay trajes tabaco y oro, no hay estoques ni monteras; sólo hay toreros valientes, toreros de pura cepa que da esta tierra segureña; toreros dispuestos a lidiar bien la vaca y hacerle buena faena. Toreros sin distinción de sexo, pues ya se ven algunas toreras haciendo sus pinitos en la brega, amén de la capea de las mujeres, donde demuestran sus buenas dotes taurinas. No hay estampa torera más bonita que la belleza de la mujer segureña, de la que tenemos buena muestra en nuestra Vaquera Mayor y Zagalas, llenando la plaza con su alegre y cristalina risa, toreando a una becerra brava y emulando los más famosos cuadros de la tauromaquia de Goya. Toreros sin distinción de edad, que van desde nuestro diestro más veterano, el buen amigo Canuto, con su amarilla camisa torera y su eterno trapo colorado, hasta el pequeño Sergio que ya apunta sus inmejorables dotes toreras en la capea de los niños, pasando por infinidad de jóvenes y adultos, que cada tarde dan lo mejor de sí en la plaza.

Dos cigüeñas en el campanario de Fátima, sustituyendo clarines y timbales, repiquetean con sus picos un redoble de tambores, anunciando la inminente salida de la vaca.

Calma tensa en la calurosa tarde, expectación en los tendidos. Se abre la “corralᔠy una coronada testa con dos afilados cuernos, salta como un bólido a la arena de la plaza. La cuadrilla se dispersa en desbandada, mientras la vaca atraviesa rauda y veloz la longitud de este extraordinario ruedo. Y comienza la faena: Carreras a cuerpo limpio ganándole la cara a la vaca, piruetas, quiebros y recortes ante los afilados pitones. Aquí los términos taurinos se desdibujan tomando nombres diferentes: una limpia carrera por una larga cambiada; un salto entre los pitones, mirando al tendido, por manoletinas; quiebros, por molinetes y ajustados recortes por chicuelinas.

A medida que pasa el tiempo la lidia se hace más sosegada y tranquila, y comienza el toreo en corto, jugueteando vaca y toreros entre portales troneras y maderos.

Las cigüeñas ya no vuelven a intervenir, porque aquí no hay cambios de tercio; nada de puyas ni banderillas, nada de estoques de acero, que nuestra vaca es querida y mimada por los valientes toreros; aquí no se cortan orejas ni rabos, ni hay triunfantes vueltas al ruedo; pero toda faena es premiada con el aplauso más fuerte y sincero, y cuando acaba la brega, la plaza se pone en pie aplaudiendo vaca y toreros.

Regio torero valiente
que requiebras esa vaca,
y ante sus cuernos de faca
la recortas sonriente;
tu pones el aliciente,
la salsa de la capea.
Que el mundo entero vea
que sin ruedo de renombre,
no hay un torero más hombre
que el que en Segura torea.

Y no hay quien gane en finura,
en elegancia y solera,
en belleza y hermosura,
a la mujer de Segura
cuando ejerce de torera.

EL ESPECTADOR de nuestra plaza es un espectador excelente, un espectador de plaza de primera. No hay ruedo de La Maestranza, La Monumental o Las Ventas, que tenga unos espectadores como los que tiene la extraordinaria plaza de nuestro pueblo.

Antes que las agujas del reloj marquen las tres de la tarde, cuando el aire se impregna de ese agradable olor a guarrito, que nos levanta el ánimo y nos hace la boca agua; ya están los puntuales espectadores ocupando su sitio en la plaza, para ver la entrada. En unas gradas en las que se ha sustituido el hierro y el hormigón por tablas, sogas y maderos. Materiales impregnados de retazos de historia de la vida de sus ocupantes. Puertas viejas que un día sirvieron para encerrar el ganado en cuadras y corrales, y sogas que se utilizaron para acarrear la sementera a las eras o leña y hornija para las chimeneas. Arte escrito con sudor y esfuerzo en los anales de la historia de nuestro pueblo por muchos de los que hoy me escucháis, sobre todo los más mayores.

Contando anécdotas de entradas anteriores; recordando las escapadas de las vacas de Manuel Rey, capitaneadas por la Ceniza; riendo y disfrutando del ambiente, nuestro espectador aguarda impaciente ese mágico momento, presidido por el tumulto de corredores, en que las vacas, dirigidas sabiamente por expertos jinetes a lomos de nobles jacas enjaezadas, hacen su entrada triunfal en la plaza.

Tras un breve paréntesis para aliviar los hambrientos estómagos, con los exquisitos manjares de nuestra inigualable gastronomía, nuestro espectador vuelve puntual para abarrotar azoteas y balcones, paseo, tablaos y troneras; encaramándose en portadas y rejas, llenando de luz y color la calurosa tarde; en una plaza en la que hay sitio para todos, hasta uno que ha sido todo un acierto, reservado en este balcón del Ayuntamiento para aquellas personas mayores o impedidas que quieran ver las capeas. Sin importarle el despiadado sol del veranillo, que se cierne implacable sobre sus cabezas; sin amedrentarse por ese negro nubarrón que asoma amenazante por las almenas del castillo, anunciando tormenta de verano; nuestro público no deja nunca la plaza con media entrada.

Con este público siempre tolerante y ejemplar nunca hay pitos a los toreros, ni broncas al presidente, ni críticas al ganadero; de sus gargantas tan sólo salen olés hasta quedar afónicos; y de sus palmas aplausos, hasta que le duelan las manos. Aunque la vaca sea mansa, como buen conocedor de nuestro ganado, la aplaudirá a la salida y vitoreará al ganadero, premiando así su esfuerzo y voluntad.

Nuestro público es un público solidario, siempre dispuesto a dar acogida y asesoramiento al forastero, aconsejarle o hacerle un hueco en algún rincón. Un público comprometido, que alarga sus manos al torero en apuros para tirar de él hasta una tronera y que cuida y mima el ganado, consciente del valor que representa para el ganadero.

Cuando el sol ya se ha escondido tras el monumento y las lumbreras del cielo se unen a las luces de la plaza. Cuando salen las lechuzas de las oquedades del muro alto y las cigüeñas ya se han dormido; aún está nuestro incansable espectador jaleando y aplaudiendo la última vaca. Y cuando termina la capea, las palmas echan humo aplaudiendo la abnegación y desinteresada entrega de mayorales y ganaderos con un cerrado y cariñoso aplauso.

Espectador de primera
de este ruedo improvisado,
bajo un cielo soleado
y una plaza de madera;
entre tablaos y tronera,
balcón, terraza y paseo
con gritos, palma y jaleo
pones tu grano de arena,
alegrando la faena
con olés y palmoteo.

Tienes el porte elegante
de la estirpe segureña,
eres atento y galante
y el mejor representante
de nuestra raza extremeña.

Hay una figura que merece un trato aparte, y que he dejado para el final, no porque sea la menos importante, todo lo contrario; pero como el mismo dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último y el servidor de todos”. Como ya habréis adivinado, me refiero a nuestro Santo Cristo de la Reja. El Cristo engloba las tres figuras que he mencionado. El Cristo es ganadero, torero y espectador. Su presencia llena nuestros campos, nuestra plaza y nuestro pueblo.

En las frías noches del crudo invierno extremeño, cuando la blanca helada viste de novia la dehesa, o el brillante resplandor de los relámpagos iluminan las tinieblas en el fragor de la tormenta; el Cristo se cala sus botas y su capote y sustituye al ganadero que puede descansar tranquilo, soñando entre nubes blancas que su mejor vaca está dando buen juego en la plaza. También le ayuda en los años duros para el ganado; años de enfermedades que diezman las manadas, y años de climatología adversa que dejan nuestros campos empobrecidos y agotados; para que, milagrosamente, pueda salir adelante en la adversidad y, a pesar de todo, pueda traer las vacas a las capeas.

El Cristo está siempre al lado de los toreros: Cuando no se ha medido bien la distancia y las piernas no responden a la larga carrera; cuando se ha calculado mal el recorte y la vaca gana la cara al torero, cuando el quiebro no ha salido bien, cuando no se encuentra ese palo salvador del madero de un tablao o la entrada de una tronera… Entonces aparece un invisible capote torero, manejado por una diestra mano morena, que cubre la cara de la vaca y, en un impecable quite, permite que el torero salga ileso de una cogida que parecía segura; mientras la gente grita: ¡uyyyyy! que poco ha faltado, ha sido un milagro que no lo haya enganchado; y el Cristo sonriente, pliega su capote morado y se retira a un tablao o una tronera hasta su próxima intervención.

El Cristo se sienta entre los espectadores y está pendiente de todos y cada uno de ellos: los mima, los cuida y los anima, poniendo su mano para que esa persona mayor no tropiece en una tabla levantada; extendiendo su manto para que ese niño, sentado a horcajadas en los salientes maderos del tablao, no se caiga; sujetando esa inestable escalera, haciéndose un hueco en el balcón del ayuntamiento para escuchar las quejas de aquellos que más lo necesitan o subiendo a los balcones del cielo donde aquellos segureños que un día nos dejaron para siempre ven las capeas entre troneras de luna, balcones de sol y tablaos de estrellas y luceros. Nadie lo ve, nadie lo oye; pero todos notamos su vivificante presencia que nos reconforta el cuerpo y nos sosiega el alma.

Santo Cristo de la Reja,
que cuando se escucha el grito:
¡Ya están en el Pilarito!
tu vienes por la calleja,
pues nunca tu mano deja
de ayudar a los toreros,
mayorales, ganaderos,
vaqueros y espectadores,
a los niños y mayores
paisanos y forasteros.

Tú que eres nuestro hermano,
nuestro amigo y compañero,
en este festejo sano,
protégenos con tu mano
y tu capote torero.

No quiero terminar sin hacer una breve mención a este año especial en que celebramos el setenta y cinco aniversario de la inauguración del Monumento al Sagrado Corazón, dándole las gracias por haberme permitido estar aquí en esta inolvidable noche y pidiéndole que nos ayude a todos a pasar unas felices fiestas.

De un grato acontecimiento,
quince lustros celebramos:
ese glorioso momento
que subiste al Monumento
que en Segura veneramos.

Y a tu Sagrado Corazón
que está esculpido en la roca,
doy gracias con devoción,
porque ha puesto este pregón
en palabras de mi boca.

Segureños, muchas gracias a todos, buenas noches y felices fiestas.

Fernando Jerez Oyola
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