Segura de León


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Pregón Capeas 2014


 

Vaquera mayor, zagalas, alcalde y concejales del Excmo. Ayuntamiento de Segura de León, paisanos, vecinos, amigos y familia, segureños todos, os halléis con fortuna en esta plaza o en la distancia, muy buenas noches.


I. Ad libitum, quasi improvisando

Gracias por tus sinceras y cariñosas palabras, Mercedes. Para mí es un placer ser presentado por alguien que te ha visto nacer y en cuya vida has puesto tu granito de arena. No obstante, creo que con decir que soy el hijo de Marisa Pérez y Andrés Oyola habría sido más que suficiente para ponerme cara.

No os voy a entretener demasiado con la manera en que se me ofreció pregonar las capeas de este año. Pero he de decirte, maestro, compañero y amigo Lorenzo, que os estaré eternamente agradecido por semejante regalo, imposible de rechazar para un segureño. No te creas…que aún tengo fresca en la memoria la imagen de aquella noche de enero, en la que me hiciste terminar el sándwich y la cerveza con la epiglotis un poco más estrecha de lo habitual.

Tal como colgué el teléfono, en un instante pasaron por mi mente muchas experiencias vividas en esta plaza, muchos pregones fabulando con la posibilidad de ser yo quien le hablara a Segura y algún que otro codazo del amigo Chato a la altura de la costilla flotante mientras me decía:

- ¡Sshh! A ver cuándo te vemos a ti ahí arriba, ¿no?

Pues ya me tienes aquí, Manolito. Ya puedes estar tranquilo.

Así que, disculpad la osadía de este humilde músico, doctor que no cura, de nula ascendencia ganadera (pues lejano queda el tío-abuelo Benito Pina) y peor torero. Si dieran medallas por entrar de los primeros en la plaza desde la botica, probablemente yo habría ganado la de oro hace ya algunos años. Para más inri, tengo la desgracia de que la única cornada que luzco en el torso me la hizo el tornillo de una de las portadas de la calle del infierno. ¡Que ya hay que tener mala suerte!

Pero vaya por delante que soy hijo de Segura, como casi todos vosotros y, por ende, digno de estar aquí hoy. Porque tuve la suerte de que mis padres eligieran este rincón, su pueblo, para que mi hermano y yo creciéramos junto a esta familia de la que, de alguna u otra manera, habéis formado parte todos. Y porque cada vez que vengo a casa tengo la fortuna de acostarme a las faldas del castillo y despertarme mirando al convento que aguarda al Cristo de las Capeas, nuestro Señor de la Reja.

Además puedo añadir (y hay aquí testigos) que no soy nuevo en esta faceta pregonera. De niño, en los ochenta, asistí a la Escuela Elemental de Pregones Profanos en el chiringuito de mis padres, Isidoro, Rafaelito y compañía, donde tomé mis primeras lecciones. Ya en los noventa, en plena pubertad, me pasaron los apuntes de Oratoria del Sermón, materia que impartía el Doctor José Ramón González en la peña de Los Corchas. Seguidamente hice el Bachiller de Pregonero-Cura con los Mosquitos, con vaquero y zagales travestidos incluidos. Y ya en el nuevo siglo me gradué en Creación y edición de Pregones y Telediarios con la familia del Antro, con quienes todavía tengo el placer de compartir amistad, compañía y buen jamón en el chiringuito.

Pero basta de presentaciones y entremos en faena.


II. Andante melancholico

A menudo pienso que la personalidad del ser humano no va mucho más allá de lo que su niñez y adolescencia dieron de sí. Permitidme traer hoy aquí un trocito de ella en el que, puede, que alguno de vosotros os sintáis reflejados:

Era una tarde de calor de membrillo y las vacas se arremolinaban en la plaza. Aquel niño había escuchado que ese día venían bravas y no quería perderse tal espectáculo. Así las cosas, cuando el reloj del ayuntamiento no había cantado aún las cinco, pidió permiso materno para subir al tablao porque, según él, “luego se llenaba de forasteros y allí no había quién viera nada”. Al susodicho infante, o sea a mí, no dejaba de rondarle en la cabeza aquel cántico que los zagalones de la esquina de la botica habían dedicado a su madre unos minutos antes. Así, a la espera de la pertinente autorización marisina y mientras la acompañaba al paseo por la escalinata de enfrente del Farolito quise, de paso, saciar mi curiosidad:

- Mamá, ¿qué significa cojonúa?

La callada por respuesta. “Silencio en la sala, que viene doña Clara, silencio en el salón, que viene don Ramón”. Cinco interminables segundos de silencio, una media sonrisa pícara contenida y salida por la tangente, tirando de la cuñada, que iba al lado:

- Cucha, Encarna, lo que pregunta el mono este.

Me quedé sin saberlo. Subí al tablao de los maestros con mi fiel hermano y escogimos dos privilegiadas butacas de primera fila, de apoyo en madero y con opción “piernas colgando”. No había palomitas ni Coca-cola, apenas una cantimplora de agua y unas pipas, aparte del guarrito de mediodía, que se hacía presente en cada necesario sorbo de agua.

¿Cuál era el precio de las entradas? Hora y media de sol severo en la cabeza (porque en aquél tablao “pega” el sol hasta las doce de la noche) hasta que a las seis empezaran a achuchar las vacas hacia la corralá. Era uno de esos seis únicos días cuya hermosa rutina queríamos contener, disfrutar y exprimir hasta la última gota, como quien degusta lentamente un manjar, sabedor de que tardará un año en catarlo.

Días antes observaba emocionado junto al amigo que se fue, mi otro hermano, la construcción del fabuloso escenario efímero de maderas y sogas. Calle La Fuente abajo, dejábamos rodar nuestras bicicletas a cámara lenta para examinar con detalle su paulatina transformación en espina dorsal de ida y venida de ganado humano y vacuno.

Y aquella misma mañana un nuevo himno en forma de sevillanas había cortado el aire y parado el tiempo en la vega del convento, mientras todo un pueblo levantaba en comunión la mirada al crucificado y enjugaba su cara de lágrimas, poniendo punto y aparte a las alegrías de la fiesta.

Era uno de esos días mágicos del ocaso veraniego. Uno de esos días en torno a los que un pueblo entero trazaba el principio y fin de su ciclo anual. Era Segura de León un catorce de septiembre.


III. Allegro risoluto con espressione

Por cierto, ahora que ha pasado el tiempo y he aprendido el significado de la palabra, os puedo confirmar (con perdón) que sí, que, como cantaban aquellos mozos, Marisa es cojonuda (y esperemos que lo siga siendo muchos años). Y también es cojonudo Andrés, que lleva media vida sacando a la luz la verdadera historia de este pueblo y la de sus capeas. La Historia con mayúsculas, la que sale a fuerza de horas de archivo, documentos llenos de ácaros y disciplina científica; la que se enfrenta a la autocomplacencia, tan dispuesta siempre a mitificar las vivencias personales y elevarlas a la categoría de tradición; la que nos recuerda, como dice la canción, que veinte años no es nada, ni cuarenta ni siquiera sesenta, con respecto a varios siglos de historia y tradición reinventada según iban viniendo los tiempos.

Precisamente, decía mi padre en este mismo balcón hace 27 años: “todo es viejo, todo es nuevo cada año, cada tarde de capeas”. Viejo es el rito, antigua, la costumbre y nuevo, el impulso que la mantiene. Todo nuevo y todo viejo al mismo tiempo. Nada que no conozcáis igual o mejor que yo de nuestras capeas. Y digo “nuestras” con el mayor énfasis posible en el sentido posesivo de la palabra. Nuestras. Vuestras. De todos y cada uno de vosotros:

- De toda esta comunidad en cuya identidad está grabado a fuego el día 14 de septiembre, fecha grande de Segura y de su Señor de la Reja.

- Son las capeas de todo aquél que en una noche cualquiera de invierno o primavera ha sufrido algún que otro espasmo del sueño y ha saltado en el colchón porque no llegaba a tiempo a la tronera, tropezaba en medio de la plaza o se caía del tablao.

- También lo son de vosotros, policías, representantes y trabajadores del ayuntamiento, que compagináis labor y fiesta mientras los demás disfrutamos relajadamente del rito, la verbena…y el guarrito.

- Por supuesto (son) de ti, mal llamado forastero, hijo de emigrantes, que mamaste las costumbres de tus padres y te hiciste tan segureño como aquellos que figurábamos en el padrón. Que vuelves año tras año de Sevilla, Madrid, Asturias, Cataluña o donde quiera que estés y has organizado tu calendario vacacional con estas fechas en rojo, sin negociación posible.

- Son asimismo las capeas de quienes amenizáis a ritmo de quiebro nuestras tardes, quienes excitáis los corazones de los tablaos y los pulmones de las troneras, poniendo en el aire el matiz de miedo y arrancando los gritos en las gargantas ajenas. Mención especial para Diego Canuto y otros héroes infantiles como Antonio “el madrileño” o “Platanito” cuya imagen quedó grabada en mi retina las tardes de sol y cantimplora.

- Éstas son las capeas de aquellos que componéis en armonía maderos, tablas y sogas para elevar estos balcones medievales al cielo de la plaza: Pintaos, Sacristanes, Chatos, Belmontes, Tomillos, Reinos, Fariñas, Aguilares y un largo etcétera de cariñosos apodos y apellidos que atesoráis tradición, artesanía y buen hacer.

- También son vuestras, acogedores Corchas, amigos Mosquitos, Astutos y Venenos, Peña del Tomate, familia del Antro, Brevas y demás pandillas que coloreáis estos días el pueblo con vuestros pañuelos y camisetas.

- Son y siempre serán de niños que juegan y mayores que jugaron a las capeas en el patio del colegio, a hacer una entrada, a “torito en alto” o a cualquier pasatiempo en el que hubiera que correr con unos cuernos virtuales de por medio.

- Y, cómo no, son especialmente vuestras las capeas de este año, Ana, Ángela, Araceli, Laura y Belén. Pasead altivas entre maderos y arena la belleza que os regalaron vuestras madres y que algún día daréis en herencia a vuestras hijas. Lucid las bandas con la mejor de vuestras sonrisas y anunciad que nuestras fiestas son tan frescas como vuestra juventud, por más hondas que tengan sus raíces en la milenaria tradición.

De todos y de nadie, valioso patrimonio inmaterial, las capeas son y han de ser un bien común que nada ni nadie habrá de acaparar o capitalizar. Son vuestras. Como vuestros son los recuerdos y emociones que contribuyen a la perpetuación de este imaginario colectivo que nos regalaron nuestros mayores y heredaremos a nuestros hijos y nietos.

Tesoro de Segura, como también lo son aquellos que forman la que es, sin duda, la mejor era intelectual en la historia de nuestro pueblo. Segura no se mira sólo en capeas, sino en toda una fértil generación de jóvenes que ha sabido exprimir las oportunidades que, hasta hace no tanto, faltaban en esta tierra. Doctores, médicos, cirujanos, arquitectas, ingenieros, abogadas, profesores, artistas y un sinfín de logros académicos y profesionales que, a poco que ha llovido en el terruño, han germinado sin necesidad de padrinos o favores. Por más que arrecie esta terrible y agotadora crisis (este negocio de unos pocos), no dejéis que el tiempo retroceda. Cualquier tiempo pasado no parece ni es mejor.

Como es de bien nacidos ser agradecidos, no quiero terminar este pregón sin mostraros mi gratitud, pueblo generoso de Segura:

- Aunque sé que para ti es orgullo y motivo sobrado de reconocimiento público, vengo a darte las gracias, ganadero, por poner parte de tus bienes a nuestra disposición. Sabes que Segura te lo agradece de forma recurrente y así lo muestra avalando con su patrimonio las escasas e indeseadas pérdidas que el trastorno de estos días pueda ocasionar.

- Por supuesto gracias a aquellos alcaldes y corporaciones que, con más oficio que beneficio, habéis llevado a la espalda la gestión del pueblo, luchando siempre por garantizar y mejorar esta seña de identidad segureña.

- Gracias, Coral Castillo y Encinas, por poner desinteresadamente la banda sonora de Extremadura en la misa de hermandad al Cristo de la Reja durante más de treinta años.

- Por último, permitidme dar las gracias personalmente a José Luis, Kiko, Fernando y Emilio, compañeros de una de las troneras más reciente de esta plaza, por brindar amables vuestro trabajo a quien viene de fuera a mesa puesta. Que mi gratitud sea extensible a todos cuantos preparáis con el mayor celo y mimo troneras, tablaos y chiringuitos en los primeros días de septiembre para aquellos que ya no tenemos la suerte de poder hacerlo.


IV. Coda

Y ahora sí. Ya va llegando la hora que anheláis desde hace un año. La tranca luce en su sitio y, si no me equivoco, anuncia que mañana, a eso de las tres, un tropel de muchachos pedirá agua en la esquina y cantará “¡hay capea!” o “¡al bote, al bote! sin dejar de mirar al fondo con el rabillo del ojo. Mañana se jaleará “esto es una esquina, por aquí no pasa nadie” (cuando luego…los que seáis de fuera no os asustéis, pasa todo el mundo…).

Yo, por mi parte, volveré a esperar las vacas este año en la esquina. Y tal como asome un cuerno en el horizonte de la calle José Pérez Jiménez, prometo aguantar, estar a la altura y entrar en la plaza por lo menos el segundo o el tercero. Porque, amigo, si grande es la emoción de la espera, mayor es aún el aprecio a la vida. Señoras, no griten por mí. Háganlo por aquellos valientes que se quedan hasta última hora, jugándose el tipo y rozando la tragedia.

Mañana, a eso de las seis, llenaremos este circo y, como de costumbre, correremos y quebraremos cada uno de esos maravillosos cornudos regalos que salgan de la corralá. Y cantaremos “¡fuego, fuego!” A esas cándidas víctimas del rabo de soga ardiendo porque, como dice la copla (y os invito a que, todos a una, la terminéis conmigo):

 

Si sales de la tronera
échale un ojo a la vaca
sin descuidar la trasera.

Porque aquí, como te embobes,
Fuenteovejuna te cuelga
un rabo en la fardiquera

Y te daremos propina,
si la broma te mosquea:
“si no te gusta la juerga,
pa’ qué viene’ a la capea”

No os canso más. Ahora sí que sí.

¡Que el creyente pida protección al Cristo y el agnóstico confíe al azar su suerte!

¡Que hierva el aceite en los peroles y luzcan las patas de bellota!

¡Que se levante el polvo en la esquina de la botica!

¡Y que comience el pasodoble!

Porque, queridos paisanos, ¡de orden del señor alcalde se hace saber que, a partir de este momento, empieza la capea! Repito, ¡empieza la capea!

Muy buenas noches y felices fiestas.

Jose María Oyola Pérez

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