Segura de León


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Pregón Capeas 2016


Vaquera mayor, zagalas, esta son vuestras capeas, sentiros orgullosas de representar a la mujer segureña y disfrutarla con vuestros amigos, familiares y vecinos.

Señor alcalde, autoridades, familiares, amigos, vecinos de Segura de León aquí presentes y a todos aquellos que nos siguen desde sus casas que no han podido estar por unas cuestiones u otras.

¡Buenas noches!

No hay más orgullo para mí, que poder proclamar desde este balcón el inicio de las fiestas del Santísimo Cristo de la Reja, “Las Capeas”. No soy segureño de nacimiento, pero por mis venas corre la sangre de este pueblo, es la mejor herencia que me han dejado, amar a Segura, sentirme segureño, mejor dicho ser segureño y todo lo que ello conlleva.

Gracias Mª Carmen por las bonitas palabras que has tenido, mi familia han sido y son los pilares más importante en mi vida. Me pasas “los trastos; capote y muleta”, para realizar la faena más emotiva, importante y al mismo tiempo de mayor responsabilidad que puede tener un segureño; subirse a este balcón para trazar muletazos de capea; balcón, donde todos los 12 de septiembre, empiezan a cumplirse los sueños de los que amamos a este pueblo, los sueños de la semana grande de Segura de León, “Las Capeas”.

Lorenzo amigo, lo primero muchas gracias por hacerme este regalo, no podré olvidar el lunes Santo de este año. Con los nervios a flor de piel por realizar esa misma noche la estación de penitencia como capataz del paso de misterio de mi hermandad, a media mañana recibí tu llamada invitándome a ser el pregonero de las fiestas de mi pueblo.

El silencio se apoderó por segundos de nuestros teléfonos, emoción, satisfacción, recuerdos, miedo, alegría, responsabilidad..., algo impensable para mí, una serie de sensaciones y sentimientos que me dejaron bloqueado. Pero no podía rechazar tan grata propuesta por muchas cosas, sobre todo por él, por el principal responsable de que esté aquí; Papá, desde el mejor balcón que tiene esta plaza, estarás nervioso viviendo este momento, al igual que estabas cuando me veías desde la tronera correr por la tarde cada vaca.

En una familia poco torera pero amante de su pueblo, de su Cristo de la Reja y de sus capeas, nací en el año 1980 y desde que tengo uso de razón durante los 365 días del año, se hablaba y se habla, de maderos, cuerdas, troneras, “tablaos” y vacas.

De un pueblo blanco con forma de montura vaquera, donde la perilla es el Santo y su concha el castillo, vigilados en todo momento desde su convento, por un Cristo de tez morena crucificado por todos nosotros, que en estas fechas nos echa un capote a más de uno en la plaza.

Un pueblo donde los niños juegan a correr y torear vacas, donde un madero con forma de horquilla que conocemos como “La Tranca” significa tanto para nosotros.

Un pueblo donde mi infancia cuando venía con mis abuelos, la pasé por sus calles jugando a capeas, siendo los bancos del paseo troneras, los niños vacas bravas y los más valientes toreros; Donde cada entrada ficticia, nos jugábamos la vida como si la misma “Gacha” de Garrido viniera por la calle de la fuente.

Horas se pasaban mis abuelos hablándome de capeas, con una pasión y admiración desmesurada, la misma que me trasmitieron y yo hoy en día intento transmitir a los demás.

Una infancia, jugando grandes partidos en los llanos y los colegios, pero sobre todo recorriendo y conociendo sus rincones, su historia y disfrutando de sus fiestas principales “Las Capeas”.

Segura de León, donde en el mes de septiembre cambia su fisonomía, maderos, cuerdas, tablas, engalanan una plaza con sabor añejo y especial, como si de la Real Maestranza se tratase, para seis días y siete noches, de alegrías y sustos.

Recuerdo cada semana de capeas desde pequeño, viendo a las pandillas por la calle de la Fuente, Venenos, Peña el Tomate, Corchas, Belloteros... y un largo etc, con sus pañoletas y camisetas le daban color a nuestras calles y plaza. Soñaba  con poder vivir esos momentos con mis amigos y soltarme de la mano de mis padres para cantar y bailar en la esquina de la farmacia horas antes de la entrada.

Y por fin llego el día; pañoleta azul pintada con esmalte de uñas, les sonará raro, pero imagino que ellos sí lo recuerdan, de la mano de mi pandilla los chinchetas, pude cumplir uno de mis sueños. Paseo por la calle de la Fuente, calimocho en Santa María, todos juntos bailábamos y cantábamos esperando que aparecieran los camiones o caballos por el pilarito. Otra generación pero con las mismas costumbres.

Como dijo Don Eduardo Casquete de Prado en su pregón:

...Hay que conservar la fiesta

enséñaselo a tus nietos,

para que cuando ellos crezcan

cuando aún pase más tiempo

las niñas quieran ser vaqueras

los niños quieran ser toreros....

Pero aún con eso cumplido, y poder haber seguido con las tradiciones, también tenía otro sueño. Cada noche después de imitar y jugar a torear como “Canuto”, Antonio “El Madrileño”, “Platanito”, soñaba, como con un pañuelo en rojo en la mano me daba las carreras y recortes que ellos hacían cada tarde. Un sueño más difícil de cumplir que el anterior, a sabiendas que en mi familia pocos toreros había.

Cada tarde los veía torear, sus carreras y quiebros, levantaban los chillos y aplausos en los “tablaos” y terrazas de la plaza. Daba igual la vaca que fuese, si brava o mansa, numerosos toreros estaban en la arena para disfrutar y hacernos disfrutar a los presentes. Ya desde bien pequeño mi corazón palpitaba de forma diferente cuando llegaban las seis de la tarde.

Pasaban los años y más ganas tenia de poder pisar la arena de la plaza en la hora de la capea. Estas ganas solo se veían compensadas en la ya inexistente capea de los niños. De la mano de mi padre el más miedoso del mundo pero para mí, en esos momentos el mejor de los toreros, citábamos al becerro desde lejos intentando que fuese a la tronera donde estábamos. Papá, nunca pensaste que ese veneno que me estabas metiendo te iba a traer años más tarde más preocupaciones que alegrías.

Y llegó el día en que ya pude ponerme delante, no muy cerca la verdad de las vacas que venían por la tarde a la capea. Tres menos cuarto en la esquina de la farmacia, primera entrada. Ese día parecía que iba a torear en la Ventas.

Me desperté más inquieto de lo normal, callado y pensativo. Hice lo de siempre, picoteo en el chiringuito, vuelta por la calle de la fuente para ver a otros amigos y familiares y a la esquina de la farmacia a cantar y bailar como siempre había soñado. Palmas, cantes, bromas... pero con el miedo metido en el cuerpo.

A partir de ese día todo cambió. Una vez que pisas esta arena y le has dado alguna carrera o recorte a una vaca, todo cambia, y seguro que me dan la razón todo aquel que lo haya hecho, desde Diego “Canuto”, Antonio “El Madrileño”, “Platanito”, Joaquín “El Pintao”, Luis “Kalina”... hasta los más valientes jóvenes y no tan jóvenes toreros que están en la plaza en la actualidad, de aquí, o que vienen de fuera y sienten las capeas y las pregonan por todos sitios que van como si fuesen suyas, “Gordillo” Domingo, Paco Díaz, Antonio Maya, Santi, Juan Antonio Gata, David,Cristo, Miguel, todos los que cada tarde ponen en peligro sus vidas por disfrutar de esta pasión que nos corre por la venas, arriesgando en momentos para hacernos algunos quites necesarios.

Por muchas plazas en las que corramos, por muchos encierros a los que vayamos, nuestras capeas son diferentes y lo que se vive aquí no se vive en ningún lado.

Como dijo Juan Belmonte: “Se torea como se es”. Y en Segura somos de otra pasta por eso, ¡estas capeas las nuestras son las mejores del mundo!.

Doce de la mañana, camino del chiringuito con mis amigos de la “Vaquería” preparamos las cosas para familiares y amigos, así comienza un día de capea. Conversaciones en las calles sobre el ganado que viene hoy, ¿cuántas bravas vienen?, esta año trae vacas nuevas, pues las ha comprado en Córdoba y también dicen que alguna las trae de “El Rubio”... se aproxima la hora de la entrada y en la esquina de la farmacia ya se va sintiendo los nervios, el cosquilleo en el estomago, entre conversación y conversación.

Palmas, cantes, bromas, entonadas en la esquina: Ya llegó el verano, ya llegó la fruta y el que no se agache.... Esto es una esquina por aquí no pasa nadie... nos dan el pie para que todos los allí presentes nos animemos, pero en cierto modo sirve para que los nervios se calmen.

Se empieza ver a la gente correr, saltos para mirar al fondo de la calle como vienen: una viene por delante apretando... la maná viene compacta.... las tienen retenidas con los caballos... suben las pulsaciones, cuando se ven correr a los más valientes a lo largo de la calle.

Tensión, empujones, nervios, sube la adrenalina por momentos, algunos corren para la plaza y se resguardan en troneras para verlas entrar, otros trepan en las rejas de las ventanas para tener un sitio privilegiado cuando pasan por debajo, los demás corren mirando por el rabillo del ojo intentando coger el sitio bueno de la calzada y entrar en la plaza lo más cerca posible de las vacas, momentos de peligro, miedo, tensión y satisfacción todo unido en unos minutos. Algo difícil de explicar, para sentirlo, hay que estar ahí.

Una vez las vacas en la plaza, tiempo de reponer fuerzas en los chiringuitos y bares, un café, una copa para templar los nervios, cambio de ropa y calzado y a la plaza a esperar que den las seis y encerrar las vacas en la “corralá”, viendo cómo se van poblando los “tablaos” de gente para disfrutar de la tarde.

Suenan las campanas del reloj que hacen de melodía del canto al unísono de las voces de los segureños “a encerrar que se va la tarde....” acompañado del rechinar de los cerrojos de la puerta de la corralá.

Se abre la puerta del miedo y ganaderos garrocha en mano intentan meter el ganado. Se paran en la puerta, no entran, se arremolinan en medio de la plaza, la más brava se arranca a los ganaderos y mozos.

Es cuando cierro los ojos y recuerdo ese chalequillo negro corriendo dirección a la corralá llevando a la vaca a corta distancia, enseñándole el camino para encerralas. Una camiseta amarilla y un trapo rojo sale al quite ayudándole a guiar a los animales. Ese chalequillo y esa camiseta las llevo en mi mente cada vez que dan las seis de la tarde y nos disponemos a encerrar las vacas, maestros de toreros segureños, espejo en los que me miraba cuando era pequeño.

Toda una vida llena de tradiciones y costumbres, manías y rituales que uno tiene antes de ponerse delante de estos animales. Rezos pidiendo protección a nuestro Cristo de la Reja, mirada perdida a tu tronera buscando tu protección, tu consentimiento y aprobación después de cada carrera, de cada recorte sintiendo los pitones cerca de la espalda.

Sale la primera vaca y empiezan las carreras y los recortes; escuchar los chillos, el resoplar del animal tan cerca en una plaza como esta te hace sentir grande. Dirán que estamos locos, que nos jugamos la vida sin nada a cambio. Pero bendita locura esta nuestra de las Capeas de Segura, que no importa hacer doscientos kilómetros diarios porque hay que trabajar para poder pisar tu arena cada tarde. Locura, por seguir una tradición, por defender y pregonar las fiestas de la capeas por cada sitio, por sentirme enamorado de este pueblo blanco, de su sierra, de sus calles de su gente y de su Cristo.

Sale la última vaca de la plaza, ganadero a hombros y aplausos de los presentes que dan comienzo a la noche mágica de capeas. Noche donde analizamos la capea, como si de una crónica taurina se tratase. Recordando cada pase, cada carrera, cada recorte, el que dimos y el que nos quedó por dar, al son de unas notas musicales que escuchamos en el escenario del paseo, pensando en las tres de la tarde del día siguiente para volver a pisar los adoquines de la calle de la Fuente con el aliento cercano de las vacas...

Garrocha en mano desde muy temprano, empieza su día cuando traen la capea. En los patios de caballos suenan cascos con herraduras de plata, monturas engalanadas y cerdas en los mosqueros visten a yeguas y caballos para traer las vacas a la plaza.

¡Ganadero!, monta el palo, ponte en el sitio y siempre “palante”, que eres la parte fundamental de esta fiesta. Sin tu trabajo, esfuerzo y dedicación no habría vacas en la plaza. De una forma desinteresada traes cada tarde el ganado a la plaza para que podamos disfrutar todos, sin pedir nada a cambio, te conformas con el aplauso de tus paisanos.

Más de veinte vacas vienen cada día al pueblo, más o menos bravas pero lo que no podemos dudar es la raza y la bravura de todos los ganaderos. Gracias, Gracias, Gracias, por vuestra labor y amor desmedido a estas fiestas, a los que estáis y a los que nos han dejado, en especial este año a Doña Luisa Montero de Espinosa y a  D. Eloy Luengo, que habéis dejado vuestro legado y amor a las capeas a todos los que os conocimos.

Como bien dijo Benito Pina: “Aquí está lo que hay”.

Gracias a mi familia por este apoyo incondicional, a mi mujer, mi madre y mi hermana, gracias por aguantar mi locura por el mundo del toro, se que son muchas las horas que pasáis intranquilas cuando voy a las capeas y encierros. Gracias a vosotros paisanos por este momento. Y sobre todo gracias a ti Papá, por enseñarme a amar a este pueblo y ser el faro que ilumina mi camino.

Rafael de Paula dijo: “Se torea a compás, como se baila y se canta, a compás, pero también como se vive, o ha de vivirse, a compás”.

Segura ya está en fiestas, toread, bailad y cantad a compás, pero sobre todo, disfrutad de cada momento, empiezan siete días de alegría y hermandad, vividlo con la intensidad que se merece.

¡Viva Segura!

¡Vivan las capeas!

¡Viva el Santísimo Cristo de la Reja!

Antonio Jesús Pérez González

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